Revista #1 - Locura | 13 octubre, 2016
Diálogo con el Dr Pablo Scasso Rossi
por José Manuel Rodríguez

La asimetría de los perros

Recurriendo a la creación de los literatos, que con sus trabajos hablan, miran e ilustran  infinidad de vivencias que conciernen  al ser humano, proponemos meternos en el corazón del Hospital Vilardebó de la mano de Pablo Scasso Rossi.

Podríamos llamar historias de locos a este conjunto de cuentos que conforman el libro La asimetría de los perros, que se subtitula Historias del Vilardebó, pero de esta manera pecaríamos de reduccionista y terminaríamos cerrándole el paso a la imaginación.   Dividido en un cuerpo principal y una breve “adenda”, estas historias se desarrollan en el hospital de referencia en la materia de nuestro país.

El autor es un médico psiquiatra que desarrolla su actividad profesional en dicho centro, con el cual mantuvimos una breve comunicación que transcribiremos, así como también presentaremos para todos ustedes el cuento El camello sombra.

 “Dolores que encienden dolores”

Entrevista al Dr Pablo Scasso Rossi

¿Qué dirías acerca de cómo influyó en tu inspiración el hospital y los hechos que vivís ahí?

Los relatos de este libro surgen como una materia pendiente, una suerte de cruce de actividades que siempre me han interesado y también por la insistencia de mi esposa para que dejara por escrito mi experiencia de años de trabajo en el hospital Vilardebó.  Resultaría obvio decir que desde un ángulo interpretativo este libro es, también, una suerte de esbozo, gesto autobiográfico de aspectos inconscientes del autor. Quizás suene desmedido decir que parece un subterfugio para hablar de aspectos de mi vida-29 años de trabajo allí- sin hacer uso de la primera persona. El primer relato lo escribí en mayo de 2013 y le puse Manicomio sin saber muy bien cuantos más haría. No había un propósito claro de hacer este libro sobre el Vilardebó que al fin logré terminar en junio del 2014

¿El libro lo dividís en dos capítulos bien diferenciados, podrías explicar la razón?

La diferencia fundamental entre los cuentos del Vilardebó con los de la Adenda es que, en los primeros hay un entramado dado en lo espacial por el edificio en sí. Cierto hilo invisible y bisagras narrativas  le otorgan la continuidad temporal que por otro lado coincide con la realización de los cuentos. Con respecto a Adenda son una serie de cuentos hechos en otros momentos pero que en muchos aspectos sus protagonistas tienen o simbolizan características psiquiátricas (en El origen, características paranoicas del protagonista, en El estanque, rasgos autistas, en El caso del señor Fuleyús, consecuencias a conductas maníacas, por citar tres de los cinco cuentos)

¿De los cuentos que incluís en Historias de Vilardebó, cuál para ti fue el más logrado o el que más te gustó?

Si bien configuran una unidad, quizás los que más me gusten o sean más significativos son: El manicomio, El camello sombra, El gran velero de la noche y El borde filoso del mundo. El Manicomio sería un universo despojado de la realidad racional que se abre a lo inesperado como encontrar, dentro de su edificación, una habitación sin puerta y con ventanas (lo constaté luego de escribir el libro). El camello sombra se basa en una situación real vivida una tarde de invierno en el corredor que lleva a la sala 23. En el relato hay un encuentro peculiar en un corredor del hospital que está en otro plano. En un plano donde no hay conciencia del tiempo y es posible enfrentarse a sí mismo con todas las deformidades y errores pero sin vergüenza, en tanto el otro encarna una imagen nunca vista (aquella sombra podría ser “un ser sin cabeza”) que sin dejar de ser especular es, en cierta manera, autónoma. En ese mismo submundo imaginario surge el pasadizo de otro cuento, por donde los faunos de la noche persiguen a las pacientes y en donde se da la fisura del techo y la lluvia transforma el corredor en mar por donde surca el gran velero de la noche.( El gran velero de la noche).

-Me resulta muy interesante el mundo fantástico que creas con estos cuentos donde vemos que los personajes, no solo son los pacientes sino que el personal de salud que los asiste,  transitan situaciones que desconciertan y sorprenden al lector. Me llamó la atención el recurso que utilizas para adjetivar circunstancias que rodean a los personajes, me refiero a la utilización de  los colores. ¿Qué dirías en relación a eso?

La adjetivación mediante colores, mientras lo hacía y por suerte, no fue del todo consciente. Con una mirada más panorámica diría que el uso de una paleta de colores primarios tiene que ver con el placer de la imagen pictórica o quizás un atisbo defensivo contra la grisura imperante en el hospital Vilardebó. Sin embargo, a esto debo agregar que los pacientes y la locura en general también tienen su paleta con otras combinaciones que surgen en lo cotidiano y–que en general ‘los sanos’, como diría Nietzsche, no podemos comprender-, se mezclan con llantos, risa, música y sonidos del viento de la noche. A veces, ellos escuchan los colores. Diría que de esos óleos sale el tinte espectacular y maravilloso que sólo lograron pintar Van Gogh y, alguna vez, los expresionistas alemanes de principio del siglo XX.

El camello sombra

El corredor del sector de salas de mujeres está en calma, parece estar en calma. De aquí en más debería borrar todos los parece, o mejor los dejo con la salvedad de que a partir de ahora se sepa: no significan nada. Un torbellino jamás se detiene. Es martes de tarde, recién pasé por la puerta de la sala 21, a pocos metros está mi sala, la 23, hacia el fondo del corredor, la 26. Cruzo el silencio azul igual que un rompehielos hace su trabajo en la profundidad de la Antártida. Bien lejos, aún antes de la arcada de hierro que precede a la sala 26, hay una figura cubierta con tela oscura. ¿Un monje? ¿Un hombre o una mujer sin cabeza? Una sombra de camello, un camello sombra se mueve, avanza hacia mí con lentitud y torpeza. Se acerca para encontrarse conmigo. Algo quiere decirme. El silencio a ras del piso también toma vida, el silencio nos separa y nos une.

“¡Verónica, Verónica!”, grita alguien en la sala de seguridad de mujeres, los tañidos excéntricos del lugar marcan la imposible hora de la locura. Si bien esto es algo común, sólo lo escuchamos los habituales. El silencio emite una prolongación gelatinosa que no veo pero intuyo. Como de costumbre, nadie responde. El pulpo gelatinoso rápidamente engulle cardúmenes de gritos-peces. Yo tampoco hago caso. Los gritos desaforados mueren o escapan por las ventanas hacia el aire gris que siempre sube por las paredes, agazapado como un lagarto y al final salta al vacío donde reside el silencio. Si, los gritos escaparon. Vuelvo a escuchar mis pasos. Una paloma revolotea en lo alto de la bovedilla del corredor. La figura oscura, el camello sombra avanza en mi dirección. Como él, camino y hago que no lo veo. Al final de cuentas, ¿qué podrá pedirme, si es que viene a pedir algo? Sea lo que sea lo que me pida, le diré que no tengo nada, que al hospital nunca traigo nada. Quien entra al manicomio se despoja de todo lo material valioso. ¿Pero qué es lo material y qué lo valioso? Este es un lugar de despojamiento voluntario o no, pero siempre despojamiento. La condición básica para ingresar aquí es la desnudez espiritual, lo otro resulta obvio. Sea quien sea, le diré que no moleste. Cualquiera sabe que aquí no se realiza ningún intercambio material. ¿Y entonces, qué intercambio es necesario para sanar? Podría preguntarme alguien, y yo no sabría responder.

“¿Y si no fueras lo que eres, qué habrías querido ser?” Un saxofonista en una calle desértica en una noche de invierno, con papeles y hojas volando a mí alrededor, respondería; un pescador de cara curtida por la sal marina y los días de sol, un pájaro de alas azules y pecho blanco, una brisa de verano, el movimiento de las sombras de un naranjo bajo una claraboya, un dibujo en el ala de una mariposa, un hombre perdido en los suburbios de una ciudad.

“¿Pero y entonces, quién eres?” Me preguntarás. Soy este camello sombra que avanza hacia mí, esa parte de la noche en el día, este bicho raro que quiere decir cosas y no puede, un animal incongruente que balbucea desatinos sin rumbo. Ese soy yo.

Cuando al fin nos vimos las caras, no tuve más remedio que saludar.

Buenas tardes, Pablo-dijimos al unísono y entramos a la sala 23.

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