Pluritemática - 24 abril, 2025
¡Diferentes adioses…y distintos acordes!
por Irene Macek

Domingo Vera

“Morir, dormir…tal vez soñar. ¡Ahí, está el problema! Porque en este sueño de la muerte ¿qué sueños pueden venir?”

William Shakespeare. Hamlet. Acto III, esc. I.

La desaparición física, de figuras importantes, produjo un mutis. Tres hacedores de magia partieron, con diferencia de pocos días, en este orden: Dorotea Muhr, Domingo Vera y Mario Vargas Llosa.

Dorotea Muhr.

foto EFE/Archivo. www. montevideo.com.uy

Conocida como Dolly Muhr, la cuarta y última esposa de Onetti falleció a los 100 años en su país natal, Argentina, el 21 de marzo del año en curso.

Ella fue el apoyo del escritor por un extenso período, desde 1955 hasta el momento de su deceso en 1994. Dolly, llegó a ser más conocida por la trascendencia de su marido, que por su profesión. Nacida en el seno de una familia donde la música era tan necesaria como el aire; ella como su hermana Nessy –a quien calificaba de genio- comenzaron desde muy corta edad a teclear el piano. Más tarde, Dolly se interesó por el violín, instrumento que tocaba su padre y con el cuál intervenía en orquestas; aunque él se ganaba la vida como profesor de inglés. Aquí, cabe señalar el origen de su familia, netamente europeo.  Su   padre era austriaco, y en Austria desde la edad escolar, tenían obligación de aprender, por lo menos, tres instrumentos musicales. Su madre, nacida en Francia, provenía de raíces escocesas. Eran otras épocas, los barcos de Europa, traían “colonizadores” al Río de La Plata, y así se produjo el fenómeno de “aculturación”, que nos lleva a ser la región más europea del continente sudamericano.

Dolly se destacó como violinista, y con ello se ganó la vida en los países que vivió con Onetti. En Montevideo fue integrante de la Orquesta del SODRE y en España de la Sinfónica de Madrid. Sin embargo, se la recuerda más, como transcriptora de la obra de su esposo; porque Onetti se manejaba sólo con manuscritos. Dolly era su secretaria, su sostén, se ocupaba de todo, hasta de utilizar el dinero, ya que la falta de pragmatismo del escritor era tal, que todo lo delegaba en su mujer. La energía de esta artista, era capaz de abarcar cualquier situación, aunque declaraba que, ella era la cruz del literato, y lo decía en estas palabras: “es muy difícil vivir con un violinista…” La admiración que sentía por Onetti, la llevaba a protegerlo y actuar como una madre. Esto, unido a otros rasgos, vio en sus diez años de psicoanálisis; al que acudió cuando la jubilaron de violinista.

Por otra parte, Vargas Llosa la describió como: compañera, secretaria y ángel de la guarda del escritor.

Juan Carlos Onetti y Dorotea Muhr foto del libro: Miradas sobre Onetti, Alfaguara, 1994.

Sin duda, no es para cualquiera, convivir con una persona que no dejaba la cama, ya que ahí escribía, entre cigarrillos y alcohol. Onetti, equilibraba la apatía que sentía hacia el mundo, con sus creaciones, y probablemente era consciente que, sólo Dolly le permitía sus relaciones con otras mujeres. Por su formación europea, ella sabía que no se puede apropiar del cónyuge, ni creer que le pertenece, y lo mencionaba así: “Creo que la mitad de las mujeres saben que los tipos salen con otras y se hacen las burras (…) Mientras él y yo sintiéramos que lo nuestro era para siempre, él me decía: {¡Vos sos un brazo mío!} Él no me mentía. Yo no quería que me mintiera, el resto no importaba.” Y ahí, pasa a analizar la relación con Idea Vilariño, donde señala cuánto hay de verdad y cuánto aprovechó la poetisa para construir un mito; y demostrar que, no todas sus facetas son ciertas.

En “La cara de la desgracia” Onetti hace la siguiente dedicatoria: “Para Dorotea Muhr, el ignorado perro de la dicha”. Ella explicaba que esto significa, la sorpresa de que un perro puede dar mucha felicidad. La alegría de Dolly, consistía en ejecutar su música y asistir con devoción a su ilustre cónyuge, que la acompañó casi 40 años. Entre ellos existía una delicada muestra de afecto, que cada uno captaba en su profundidad, ya que nunca pronunciaron, te quiero o cualquier palabra relacionada con el amor; dado que después de usarlas, se convierten en manidas y vacías. Tenían su lenguaje propio, sus códigos, no apto, ni comprensible para todos.

Domingo Vera.

Es difícil describir la relación que se da entre un artista y el espectador, ya que a través del tiempo se crea un vínculo de seguimiento, estima y apego. En el caso de Domingo Vera, aunque hacía muchos años que estaba retirado de los escenarios, enterarnos de su fallecimiento acaecido el 1º de abril de este año, nos inundó de una profunda tristeza.

Domingo Vera se inició como bailarín en el grupo Dalica, de donde surgieron algunas personalidades interesantes, como suele ocurrir en la Danza Moderna. (La directora y fundadora de Dalica, Elsa Vallarino, se destacó por la coreografía de la obra: “El encargado” con música de Lamarque Pons).

Domingo Vera era estudiante de arquitectura, cuando comenzó su formación como bailarín. Es por ello, o mejor, por el ambiente censurador y represivo que se vivía, que en sus actuaciones figuraba con un seudónimo. Esta situación cambió en el año 1969 cuando entró en el cuerpo de baile del SODRE, donde demostró ser una estrella no sólo como intérprete, también como coreógrafo. El germen de la coreografía lo tenía incorporado, ya que, por estudiar arquitectura dominaba los espacios -profesión que los griegos englobaban en el arte- y no le resultaba difícil, “dibujar en el aire” los desplazamientos que relatan una historia.

La presencia del bailarín transmite la complicidad con el coreógrafo, es ahí, donde se enciende la chispa del éxito que hace vibrar al espectador. La música y el movimiento, son mejores aliados que la palabra, para la comunicación y transformación en estilo, los   momentos de belleza. Los bailarines inspiran, son difusores de felicidad, sin tener que hablar; impactan en las personas al dejar su mensaje.

La fertilidad en las coreografías de Domingo Vera, eran múltiples, en el año 1973 comienzan sus puestas en el SODRE, con mucho éxito. En 1986 monta “Sartori”, seguida de “Stabat Mater”, con música de Pergolesi, “Pulsación” con música de Piazzolla. Aunque su mayor destaque lo consigue en 1985 con “Retrato in memoriam de Edith Piaf”. Esto significó el mayor logro de su carrera artística, ya que trascendió fronteras, se extendió por toda América Latina y el broche de oro fue, la invitación de Alicia Alonso para el 10º Festival de Ballet de La Habana. (Es de señalar que, esta dama cubana, era muy difícil de persuadir y conformar).

El éxito de “La Piaf” fue irrepetible, Domingo Vera le dedicó muchos años a esta creación, él quería calar hondo en las desgracias y penurias, que sufrió en su vida la famosa cantante, por ello declaraba: “Su figura me gustó desde mi adolescencia. Leyendo sobre ella comprendí que lo que cantaba salía directamente de lo intenso y dramático de su propia vida. Y cantar sobre sí misma, también le representaba cantar sobre lo que era su gente, la de los estratos sociales pobres y sufridos de París. No era sólo una intérprete (…) Pudo universalizar la experiencia de quien tiene que amar más de lo que le conviene, de quien tiende a entregarse fácilmente a los demás, y recibe por ello repetidos castigos”.

La técnica de Domingo Vera, era impecable, aunque lo destacable de esta obra es el trabajo visceral de su concepción; más la afinidad, la sintonía y concordancia de los bailarines, para difundir sus impresiones. Podríamos resumir que Vera, como coreógrafo, es el alma del movimiento, creando una atmósfera narrada por piruetas. Aunque con “La Piaf” va más allá, él explica que, desdobló el personaje: una mujer y su voz. “La voz era un eco de la mujer y sin embargo superaba las debilidades de ésta en el momento de dar expresión a sus anhelos. Traté de mostrar cómo danza ese conflicto peculiar, no tanto en términos de biografía como símbolo”.

Edith Piaf dio el sello de una época, siempre con su vestidito negro, fue alegoría de dolor en sus canciones. Su efervescencia era tal que, en nuestro medio, se representó una pieza teatral, “La Piaf”, escrita y dirigida por Pedro Corradi e interpretada por Leticia Moreira en el Teatro Circular, con mucho éxito.

Más tarde, ya en este nuevo siglo, en el año 2019, parte de este ballet, fue tomado de forma muy inteligente por Giovanna Martinatto, para un espectáculo llamado: “Ellas”.

Mario Vargas Llosa.

Es probable que alguien se pregunte, cómo un hombre de letras aparece en esta nota; la respuesta es sencilla, cualquiera escribe, pero el arte de hacerlo bien, está relacionado con elementos musicales, como el ritmo y la armonía para expresar un contenido, de allí que, junto a otros parámetros -y el realismo mágico- este autor lograra el premio Nobel.

No me voy a detener en delinear a Vargas Llosa -que falleció el 13 de abril del 2025-dado que se conoce mucho de él. Sí, se puede mencionar que fue el último de los grandes escritores latinoamericanos, que destacó, junto a Julio Cortázar, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, cuya amistad terminó cuando Vargas Llosa, le cruzó la cara de una bofetada. (Se puede considerar, o no, que esta circunstancia se desarrollará por la condición de latino. Habitualmente, se dice, que la literatura es del frío, y de la gélida Europa, donde abundan excelentes autores). Aunque el altercado surgió, por la transición de Vargas Llosa que, desde el marxismo de su juventud, apoyando a la Revolución Cubana, más tarde llegara a una gran desilusión. De ahí, surge un liberalismo de raíces filosóficas, basadas en Ortega y Gasset y Karl Popper, por citar alguno.

Fue un ciudadano del mundo, que conoció nuestro país en 1966 y quedó sorprendido por el nivel cultural y la libertad de expresión. Conoció y se hizo amigo de varios de la “Generación del 45” Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, José Pedro Díaz, Mario Benedetti, del cual tomó cierta distancia por diferencias políticas. Onetti, no lo recibió! Pese a ello, entre los 14 ensayos que publicó, hay uno: “El viaje a la ficción” dedicado al uruguayo, Juan Carlos Onetti.

Cabe recordar, lo último que Vargas Llosa escribió; fue el prólogo del libro de su amigo, el escritor argentino Alejandro Guillermo Roemmers, titulado: “El misterio del último Stradivarius”. Con estas palabras comienza Vargas Llosa: “Como viejo aficionado a la música que soy, he disfrutado viendo al violín, uno de los más hermosos instrumentos musicales, convertido en protagonista de una ficción. Tengo la seguridad que los lectores, se interesen por la música o no, sabrán apreciar esta nueva novela…”

Cavilaciones.

Lo único que tenemos seguro al nacer, es la muerte, aunque hay una paradoja en esto, cuando alguien fallece, sólo queda la incertidumbre, pero hay nombres, que tanto en el arte como en la ciencia dejan su legado.

A través del discurso de estos tres personajes, sigue vigente el concepto wagneriano -“Gesamtkunstwerk”– que todas las artes se unen y tienen un tronco común. Lo que perdure de nuestra civilización -que por momentos parece agonizante- será una incógnita, mientras tanto, el arte nos ayuda a vivir y conjeturar que, la única muerte que hay, es el olvido.

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