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Reflexiones sobre la construcción y el trabajo del cuerpo con niñas y niños víctimas de abuso sexual.
En los centros de acogida para niños y niñas se manifiestan diversas formas de desamparo, cuya magnitud es imposible de ignorar para quienes allí trabajan. La vulneración, el maltrato y el abuso sexual son realidades de gran impacto con las que se convive a diario. En estos espacios, los gritos son parte de la cotidianidad, portadores de una gama de afectos. Son un eco de aquello que no logra inscribirse. Como bien señala Ingold (2000), «hablar son acciones corporales y perceptuales, y los modos de hablar son modos de habitar el mundo» (Ingold, 2000, p. 243). Desde esta perspectiva, podríamos afirmar que estos niños y niñas habitan el mundo gritando, expresando un dolor constante. Y sobre aquello que no puede ser simbolizado, se perpetúa un grito que evoca lo ominoso. En palabras de Freud (1919), lo ominoso es «aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo consabido antiguo, a lo familiar desde hace tiempo» (Freud, 1919. p.114). Así, lo ominoso produce afectos penosos y angustiantes, asociados a una vivencia del horror. Max Schelling lo define como «todo lo que estando destinado a permanecer oculto, secreto, ha salido a la luz» (citado en Freud, 1919, p. 114). Se trata de una vivencia de lo siniestro encarnada en el propio cuerpo.
Desde esta posición laboral, donde el cuerpo también es un instrumento ante lo siniestro, se despliegan diversas posibilidades de tramitación en el mundo adulto, orientadas a posibilitar el reencuentro de ese infans con un cuerpo que no resulte mortífero. Nos proponemos considerar cómo dicho encuentro puede facilitarse cuando se desarrolla bajo determinadas condiciones subjetivas e institucionales, así como posiciones específicas.
Para el desarrollo del presente trabajo, recurriremos a conceptos provenientes del psicoanálisis, en particular de un psicoanálisis con perspectiva política y social. Entendemos el psicoanálisis como una herramienta que permite reflexionar sobre el lazo social, el síntoma y su posibilidad de elaboración, ya que no se “es” sino en comunidad, en relación con los otros (Bleichmar, 2017). Se trata de un psicoanálisis que no puede desconocer las características sociales, culturales y epocales del sujeto, que comprende la dialéctica de su presente en diálogo con el ambiente – transgeneracional incluso – en el que se construye su desarrollo vital así como con las construcciones posibles de su estructuración intrapsíquica. Asimismo, se convocará a la antropología, que en sintonía con esta perspectiva, contribuirá a pensar en torno a ese cuerpo que se es: un cuerpo situado, vivido y habitado, construido con y por los otros (Mármol, 2011). Se propone, entonces, reflexionar sobre la necesidad de que, si bien el apalabramiento es una parte indisoluble del trabajo con estos niños y niñas, también se debe trabajar desde el cuerpo.
Cuerpo herido
El desarrollo del psicoanálisis marcó hitos fundacionales en la historia de la comprensión de la sexualidad infantil. Cuando hablamos de sexualidad, nos referimos a lo afectivo, no necesariamente a lo genital ni a lo sexual en sentido estricto. Resulta fundamental, entonces, diferenciar esta sexualidad esperada —ligada al desarrollo psicosexual infantil— de aquella que irrumpe de manera no esperable, es decir, de la sexualidad asociada al encuentro precoz con lo genital, que aparece violentamente a través del ultraje del abuso sexual.
El infans, el niño, la niña, atraviesan un proceso de desarrollo compuesto por múltiples etapas, desde el nacimiento —el primer trauma del ser humano, como lo describe Otto Rank (1924)— hasta su progresiva constitución como sujeto. Un nacimiento que nos posiciona en el mundo en un estado de absoluta dependencia; desvalidos, y nos condiciona a la necesidad del otro para sobrevivir. Este desvalimiento originario se inscribe en cada historia singular con mayor o menor intensidad, en función del modo en que fuimos sostenidos, mirados y enunciados por los otros. Somos inscriptos desde el otro (Lacan, 1966).
En cuanto al desarrollo de la sexualidad infantil —retomando lo antes mencionado—, esta no puede pensarse como un proceso meramente individual, sino que se configura dentro de una red de significaciones sociales que determinan la forma en que el sujeto se inscribe en el mundo (Foucault, 1976). En su trayectoria esperable, dicho desarrollo implica la superación de diversas etapas, las cuales, dependiendo de las condiciones subjetivas y del contexto, pueden transcurrir con mayor o menor complejidad. La exploración y regulación de las zonas erógenas cumple aquí un papel central, no solo como experiencia corporal, sino como parte de una construcción simbólica que define el vínculo del sujeto con su deseo y con los otros.
En un momento determinado, por ejemplo, la actividad masturbatoria emerge en niños y niñas; sin embargo, no puede ser reducida a una función sexual en sí misma. Si observamos a infantes entre los cuatro y seis años, podemos identificar juegos o gestos sutiles que evidencian este proceso de exploración.
En el mundo psíquico, a medida que se afianza la diferenciación entre el «yo» y el «no yo» y como parte de una etapa fundamental del desarrollo, surge el anhelo de ser amado y poseído por la madre o el padre, en distintos momentos por uno o por otro. Pero esta dinámica, lejos de ser una cuestión exclusivamente intrapsíquica, está mediada por los significantes que el entorno impone y por los modos en que se estructuran los lazos de poder y afecto en la familia y la comunidad (Deleuze & Guattari, 1972).
Con el tiempo, la prohibición de este deseo edípico se instala y posibilita la resolución de esta etapa, dando lugar a un período en el que la atención y la curiosidad se desplazan hacia el aprendizaje y la exploración del mundo.
Lo importante es comprender que estas manifestaciones no pueden analizarse fuera del entramado cultural que regula y moldea el cuerpo y la sexualidad infantil a través de discursos normativos y prohibiciones (Butler, 1990). Tanto lo adecuado – esperable – como lo perverso incidirán en este desarrollo, facilitándolo, interrumpiéndolo o creando alteraciones horrendas.
Cuando este desarrollo esperado se ve interrumpido por la aparición de un acceso real a lo sexual, como en el caso de un abuso, se produce un evento profundamente traumatizante que altera el funcionamiento global del cuerpo. La magnitud de este trauma variará según diversos factores: lo social, afectivo, psicopatológico del infante y del grupo de pertenencia, e incluso biológicos como la intensidad y cantidad del evento. Sin embargo, independientemente de estas variables, siempre generará un aumento en la ambivalencia del ser en el mundo.
Es en estas situaciones de acceso al sexo donde quien debería instaurar la prohibición —el adulto (que no la posee)— no solo no lo hace, sino que, además, se aprovecha de la afectividad del niño para perpetuar un acto que pertenece al orden de lo siniestro. Este acto vulnera el lazo, intensificando la ambivalencia del vínculo con el otro. Porque los niños y niñas, a pesar de todo, suelen sentir afecto —o confianza— por quien lo perpetra, o incluso por quien los entrega para ello.
Así, lo siniestro se encarna en la contradicción afectiva, en el desgarro subjetivo que produce amar a quien daña. De esta forma, el cuerpo se configura como un lugar privilegiado de expresión del sufrimiento cuando el lenguaje fracasa, como escribe Veena Das (2017). Podríamos pensar que, en este caso, cuando el lenguaje que trae el Otro no puede ser comprendido más que por el daño que genera, es el cuerpo el que habla y grita sin representante.
El cuerpo queda marcado por una huella confusa, una inscripción que trastoca la percepción de lo afectivo y de la propia existencia. Rompe por completo los esquemas psíquicos y corporales, transformando su manera de estar en el mundo, el vínculo con el afuera y su propia existencia interna.
Si se considera que la palabra es el eje central del psicoanálisis, porque permite transformar los afectos inconscientes y llevarlos al mundo de las relaciones con los otros, entonces no podemos dejar de lado el cuerpo: parece obvio, pero recordemos que la palabra es una producción del cuerpo. El cuerpo también comunica.
Podemos, entonces, afirmar con seguridad que el cuerpo, como una unidad integral de quienes somos, es esa interlocución de lo físico con lo psíquico —la piel en juego—, atravesado por la palabra como gesto cualquiera que comunique, aun desde el silencio o el grito. Como diría Bourdieu (1991), «el lenguaje del cuerpo contamina y sobredetermina todas las expresiones intencionales de los mensajes percibidos y no percibidos, comenzando por la palabra» (Bourdieu, 1999, p. 184).
Nuestra sexualidad, nuestras emociones y afectos se expresan en él. Pero cuando la sexualidad es violentada anticipadamente con el sexo, ese cuerpo pasa a ser un cuerpo sexual real en vínculo con el mundo. Un cuerpo que no estaba preparado para tramitar tal cantidad de energía y que no puede simbolizarla adecuadamente, que se constituye con lo que no se puede representar, dejando un hueco del horror. Es así como «las marcas de respuestas del Otro han sido imponentes para hacer del grito un llamado…» (Roy, citado en Miller, 2016, p. 16).
Por otro lado, como plantea Freud en Tótem y tabú (1913), existe una relación directa entre el cuerpo y la cultura. Es en esa renuncia pulsional donde se posibilita el acceso a ella. Para que esto ocurra, debe existir una condena al incesto y también al parricidio; es decir, una represión de las pulsiones sexuales y agresivas. Es de esta forma que el pasaje a la cultura se logra con la resolución y derrocamiento Edípico.
También el antropólogo Claude Lévi-Strauss propone que la prohibición del incesto – coincidiendo con Freud – es también un hecho cultural y no del orden de lo natural. Para Lévi-Strauss es el primer acto simbólico fundante de la cultura al imponer reglas de intercambios entre grupos generando una salida exogámica. Esta exogamia se genera, para él, a partir de la instauración del tabú del incesto dentro del mismo grupo. (Lévi-Strauss, C. 1969)
Para ambos autores la conformación del lazo y organización social se genera por una mediación del deseo a través de la ley.
Entonces, si estos cuerpos se debaten en la lucha con lo erótico y lo genital —dado que no se ha accedido a dicha prohibición—, el acceso a la cultura, el ser con los otros y la posibilidad de acceder al aprendizaje se verán trastocados. El cuerpo se ve comprometido en su totalidad, siendo escenario de un conflicto que pone en juego lo vital.
Trabajar – hacer – con el cuerpo
En el caso de niñas que han sufrido abuso sexual, el cuerpo habla no solo —ni principalmente— con palabras que muchas veces no se tienen, no se conocen, sino también a través de lo erótico y de la violencia. Se convierte en un lenguaje corporal salvaje, como el trauma que lo habita, que hace visible el conflicto interno que atraviesan. Este lenguaje, fragmentado y doloroso, necesita ser reconstruido y elaborado para permitir una verdadera transformación.
Lo atemporal del inconsciente cobra aquí otro significado: el trauma está a flor de piel, casi sin derecho al olvido. La construcción histórica de ese niño o niña se mantiene siendo presente. La verdad está ya develada.
Lo que se debe hacer es trabajar con el sufrimiento, facilitando la creación de una vía que permita alivio y una disminución de la descarga, que habiliten lo creativo del cuerpo hacia una nueva posición. Es necesario crear las condiciones para esa capacidad creativa del cuerpo.
Como planteaba, los seres humanos, en tanto individuos relacionales, necesitamos para “ser-sujeto” la confirmación por parte de los otros seres del mundo (Winnicott, 1971). Lograrlo implica un pasaje significativo desde la aceptación de los otros seres del cuerpo que se es. Sin duda, la aproximación sexual es una parte muy importante de su reconocimiento como persona y aumenta su significación cuanto mayor haya sido su importancia en el encuentro de su “cuerpo-corporalidad” con el de los otros, sobre todo si esos otros son personas de un alto valor afectivo.
Para los niños y niñas abusadas, el sexo ha sido la forma, perversa, en que se ha dado una parte muy importante de su encuentro corporal con el mundo. Triste y horriblemente han tenido la experiencia de que encontrarse, ser vistas, conocidas, es por medio de la actividad sexual. Por tanto, su intento de comunicación con los otros está impregnada de esto.
De allí que resulte primordial estar atentos a todas sus manifestaciones corporales cotidianas (juegos, charlas, alimentación, vestimenta, etc.) por más banales que parezcan, para descubrir, si lo hay, un sentido del sexo. Una observación cuidadosa lleva al triste reconocimiento de que algo que parece banal puede tener un sentido sexual muy claro, apenas se lo mire con atención. Una mano que se desliza de más en un abrazo o intenta posarse en una parte que no debiera; una servilleta que busca limpiar la boca adulta; un juego de gimnasia donde predomina la exhibición genital; ropa varios talles menor que fricciona en exceso el cuerpo; o acciones más literales y abiertamente exhibicionistas.
Parte del arte del actuar de quienes educan y cuidan es que apenas los identifiquen deben tratar de dirigir esas conductas a otros objetos o actividades, que, priorizando la corporalidad, permitan a la niña sentirlo como un vehículo de comunicación y afecto que no incluya el actuar sexual. Y allí sí que se requiere de todo el conocimiento, habilidad y creatividad de los educadores.
Se tenderá a utilizar el cuerpo del otro como posible objeto sexual, y será en ese nuevo vínculo donde el terapeuta o educador tiene la posibilidad de introducir una novedad vincular en la cual no se ponga en juego lo sexual-genital. Donde el afecto construya una vía nueva, en el cuerpo, sin una entrega siniestra como canal para ser querido. En vez de conocer al otro a través del lenguaje, el eje está en focalizar en el reconocimiento del otro, mediante acciones y gestos rutinarios y cotidianos, sostenidos en el tiempo (Epele, 2000, p. 20).
Es importante que podamos reconocernos como terapeutas, educadores y docentes que identifican esa conducta, esa comunicación que no es esperada y que incomoda —que debe incomodar— para así poder plantearnos la urgencia de redirigirla hacia una nueva creación. También es importante porque nos reafirma nuestro lugar como personas que podrían construir o reelaborar un dique que tambalea, porque su constitución fue desde lo perverso adulto.
El trabajo desde una construcción vincular novedosa es el quid del asunto, un vínculo terapéutico sólido. Este proceso relacional debe tener como base la confianza y el lazo afectivo, una experiencia relacional co-creada. Donde se debe poder comprender lo que el cuerpo busca comunicar y crear un lenguaje compartido que permita la comunicación, a pesar de los quiebres que se puede generar en el proceso. Un vínculo terapéutico que permita balancear los desequilibrios que se presenten.
Trabajar con adolescentes que se defienden, aman y odian a quienes intentan cuidarlos implica participar en un existir profundamente ambivalente. Los nuevos vínculos se ponen a prueba desde el inicio, ya sea para explorar si estos buscan el encuentro sexual a través de la seducción como reafirmación del querer, o defendiéndose violentamente debido a la dificultad para posicionarse frente al otro que resulta potencialmente peligroso.
Es así como se debe de contribuir a dar forma a un sentido ausente, a un signo que no se conoce. Esto permitirá construir nuevas relaciones de objeto y conductas en el mundo externo. Nuevas formas de sentir y de pensar. Nuevas representaciones.
La sexualidad (que no es lo sexual) está presente, más o menos explícitamente, en la enorme proporción de actividades humanas y en la interacción de los grupos. Mucha mayor significación tiene en las Instituciones, sobre todo en estos Hogares, donde está aumentada exponencialmente por los horrores de las depravaciones sufridas. Recordemos que por medio del abuso sexual ellas, de una manera perversa, eran reconocidas, bien o mal; alimentadas, vestidas, abrigadas y, por lo general, menos golpeadas, si se entregaban a la sevicia.
Estos niños y niñas paradójicamente defendían su cuerpo y afectividad por medio de la destrucción del cuerpo (infantil). Defendían su “ser reconocidas como sujeto-de-amor”, como personas por medio de la alienación, la barbarie y el dolor. Se entregaban a esos protopadres endiosados.
Se produce así una exposición prolongada al trauma, a la que se suman la pérdida del hogar, de la comunidad conocida y de los vínculos cercanos, configurando una experiencia de trauma acumulativo. Algunos autores han propuesto este concepto para referirse a experiencias traumáticas sostenidas en el tiempo, en las que la incorporación de nuevas vivencias adversas provoca un aumento progresivo del sufrimiento psíquico y la enfermedad (Khan, 1963). Este proceso no solo intensifica el malestar emocional, sino que también impacta en el cuerpo y en los mecanismos de regulación afectiva.
Las consecuencias de este tipo de trauma se manifiestan en un conjunto de afectaciones donde predominan la ansiedad, el miedo constante a existir —como si la propia existencia representara un riesgo—, la culpa, la confusión, el insomnio, los trastornos alimentarios y una acumulación de ira que puede expresarse tanto en violencia como en depresión.
Desde una perspectiva económica del aparato psíquico, podríamos decir que cuanto más debe «soportar» el cuerpo, mayor será el costo que pagará en términos de existencia. Lo patógeno se reflejará en fallos en las relaciones anaclíticas, es decir, aquellas que el niño o la niña establece con sus figuras de cuidado —madre, padre u otros referentes—, relaciones que deberían brindar sostén y protección. Cuando estas fallan, se generan distorsiones en la construcción del yo y en su vínculo con el mundo (Bowlby, 1969).
Es así como las niñas y niños víctimas de abuso sexual se enfrentan a un conocimiento real y prematuro de lo sexual, sin la mediación simbólica ni los tiempos subjetivos que permitirían su elaboración. Esto da lugar a un desarrollo inesperado para el cuerpo, disruptivo y violento, que quiebra la estructura psíquica en formación y marca profundamente la forma en que el sujeto podrá relacionarse consigo mismo y con los otros.
Así, irrumpe una adolescencia que no transitará el descubrimiento sexual de la manera esperada para esta etapa. En estos casos, la exploración puberal, que en condiciones normales implicaría un proceso progresivo de descubrimiento, ya ha ocurrido prematuramente en la infancia, pero de forma traumática. Esto provoca una nueva re-traumatización de lo sexual, ya que la adolescencia no enfrentará lo nuevo, sino que resultará en la continuación de una historia marcada por la irrupción violenta de lo sexual en su infancia.
Aunque la menarca indique el inicio de una nueva etapa, en estos casos no representa el comienzo de la vida sexual, sino la prolongación de una vivencia que debió haber sido propia de un proceso evolutivo diferente. Los descubrimientos que, en una adolescencia típica, ocurrirían de manera progresiva, ya han sido experimentados prematura y forzadamente en la infancia, lo que puede dar lugar a un pragmatismo extremo en la vivencia de la sexualidad o a una hiperactividad que distorsiona su desarrollo esperable.
Esto puede manifestarse de dos maneras opuestas: una fuga hacia adelante, caracterizada por una hiperactividad sexual, o un encierro, donde el adolescente se repliega sobre sí mismo. Ambos caminos suelen estar acompañados de una depresión ansiosa y otros trastornos del estado de ánimo, que pueden impactar profundamente en su forma de vincularse.
Es así como podríamos plantear una experiencia de vida traumática, que reedita el desvalimiento con el que nacemos con lo real de la experiencia siniestra vivida. En los Hogares de acogida se debe trabajar para crear las condiciones que permitan vivir en un ambiente que se re-conozca como habilitante de lo afectivo no sexual.
Esta experiencia en comunidad, donde el lugar de cada quien está también delimitado por con quien se comparte, permite la incorporación de reglas, sentires, responsabilidades y disfrute con el otro.
El desarrollo de estas infancias y adolescencias, donde la reestructuración del cuerpo se experimenta desde una subjetividad diferente, enfrenta desafíos significativos, especialmente en su paso por las instituciones. Uno de los principales obstáculos es el tiempo.
Por un lado, vivimos inmersos en una vorágine donde todo parece tener que resolverse de inmediato: curarse, adaptarse, mejorarse ya. Pero eso es imposible. El tiempo del cuerpo no responde al calendario lectivo ni al ritmo del liceo. No se pueden «reparar» —si es que esa fuera la palabra adecuada— seis años de abusos en meses. Transformar lo real no es una tarea sencilla, y esto suele resultar difícil de comprender para los distintos actores sociales que interactúan con la institución. Cuando el Yo logra cierta estabilidad y el conflicto cede, se abre la posibilidad de transformar la realidad. Cuando se puede salir del estado de alienación y construir algo nuevo a partir de la propia experiencia. Este fortalecimiento del Yo, que podríamos entender como un movimiento hacia la salud, surgen nuevas inquietudes en estas juventudes institucionalizadas.
Surge el temor ante la incertidumbre: ¿dónde viviré? ¿Cuál será mi futuro? En este contexto, cualquier proceso educativo o terapéutico que pudiera haberse desarrollado con resultados positivos se ve comprometido por la realidad de que, al egresar del hogar, si la comunidad no articula y provee alternativas viables de empleo y/o vivienda, las opciones se reducen a la incorporación al Programa Calle —un programa que proporciona atención y acogida a personas mayores de 18 años que se encuentran en situación de calle— con las implicancias psicosociales que ello conlleva, especialmente en trayectorias vitales marcadas por la vulnerabilidad desde etapas tempranas— o, en un escenario aún más adverso, el retorno al núcleo familiar donde se perpetuaron los abusos. Sin la posibilidad de habitar una sociedad con un nuevo paradigma de sus modelos, de sus habitus, el avance en la conformación del ser-en-comunidad es altamente compleja.
De este modo, se configura un tercer momento traumático: la transición hacia la adultez temprana, la cual debe ser abordada como un componente fundamental dentro de las intervenciones y procesos de atención. Esta cuestión no debería constituir únicamente una preocupación particular de las instituciones de primera línea de atención, sino un tema de discusión colectiva y de responsabilidad compartida con la sociedad en su conjunto: ¿cómo articular y facilitar redes de apoyo efectivas desde la comunidad? Como plantea Kaës (1993), las instituciones, los grupos y las organizaciones cumplen un rol esencial en ofrecer al sujeto un sostén psíquico para poder estructurar una defensa (p. 45).
Acordamos con Dagognet que la enfermedad siempre se irradia como si el organismo todo estuviera afectado, como si estuviera limitado en sus iniciativas. Estar enfermo es, entonces, perder la libertad, es vivir en la restricción y la dependencia (citado en Caponi, 2010). A estas niñas y adolescentes se les ha obliterado su capacidad de ser libres. Nuestra tarea esencial es que nuestra pedagogía, como planteaba Freire (1970), sea una pedagogía liberadora. Solo en ese caso podremos luchar contra el sometimiento psicológico al que están sometidas y ser un-ser-en-relación-de-igualdad con los otros seres del mundo: es decir, un ser libre.
Para que estos niños y niñas puedan estar en una relación de igualdad con los otros – ser libres de un modelo opresivo interno y externo – es necesario habilitar un espacio de desarrollo en el que el habitus—entendido según la propuesta de Bourdieu, como una estructura estructurante que genera disposiciones duraderas y que moldea las prácticas sociales— pueda ser resignificado. Esta resignificación parte del cambio del conjunto inicial de disposiciones incorporadas en sus contextos atravesados por el sufrimiento, que condicionaron la internalización de ciertas conductas y afectos.
El objetivo es facilitar una nueva construcción social que favorezca una libertad de acción capaz de interrumpir el efecto traumático de esas experiencias. Se trata de promover un ambiente en el que las relaciones de poder, previamente determinadas por la entrega del cuerpo, ya no se reproduzcan. Un espacio que solo puede pensarse como posible desde la construcción colectiva ya que los cambios necesarios reclaman un reordenamiento de la mirada y accionar social y judicial sobre estas situaciones que atraviesan los niños y niñas. Brindarles una posibilidad de “ser” alguien diferente a un sujeto vejado y lo que de su desarrollo se espera prejuiciosamente.
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