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Hay que agradecer a la Academia Sueca la cantidad de escritores que los aficionados a la lectura llegamos a conocer a partir del premio Nobel de Literatura que les ha sido otorgado.
Algunos años, el Nobel tiene el efecto de permitirnos descubrir uno de esos autores que ni siquiera habíamos oído nombrar hasta entonces y que al conocerlo se transforma en uno de los preferidos; uno de esos que elegimos seguir leyendo y nos iluminan la vida.
Otros nos dejan con curiosidad acerca de la razón por la que ese escritor fue elegido para tal premio y cuando se investiga un poco, se ilumina algo del carácter político de la premiación. Otras veces lo que se ilumina es nuestra preferencia por aquel otro estilo, que no es precisamente este… De todas formas, los lectores casi siempre estamos dispuestos a dar una oportunidad a los galardonados, para luego decidir si lo seguimos o no, y cuando es “no” aprovechamos a reivindicar los nombres de los que a nuestro criterio -si o si- merecían el premio y no lo recibieron, ejemplos: Proust, Cortázar, Borges, Paul Valery, Tolstoi, Virginia Woolf, Nabokov, etc… Pero más allá de la concordancia de opiniones, en sí el premio ha sido justo, o no, afortunadamente ningún premiado con el Nobel de literatura ha debido ser “descalificado” por asuntos posteriores, como sí sucedió con el recientemente fallecido James Watson, ganador, junto con Maurice Wilkins y Francis Crick, del Premio Nobel de Medicina del año 1962 por su descubrimiento de “la estructura de doble hélice del ADN”. Ese científico estadounidense, cayó en desgracia antes de su fallecimiento (ocurrido el 7 de noviembre de 2025) por haber sostenido que los genes prueban superioridad intelectual de la raza blanca sobre la raza negra. Esas afirmaciones, hechas en 2019, habrían determinado que se le retiraran las premiaciones recibidas previamente. (Aunque no el Nobel, parecería, tal vez porque fue compartido o porque ya no quedaba nada de esa fortuna…).
Vuelvo a la literatura: entre los premiados que el Nobel me ha permitido descubrir ubico en lugar de prioridad a Toni Morrison (Premio Nobel 1993) cuya prolífica obra aúna la poética creatividad de una novelización apasionante y sostenida, a la vez que, en cada uno de sus libros, insiste la creación de potentes personajes, inseparables de un contexto social donde destaca la desigualdad, la injusticia marcada en la piel por el color, la esclavitud y la miseria. La sensibilidad y fuerza de las novelas de Toni Morrison hace difícil olvidarlas.
En el proceso de esta escritura –más que repetir la noticia de la otorgación del Premio Nobel de Literatura 2025 al escritor húngaro László Krasznahorkai– debería dedicar unas líneas a la obra del autor premiado, cosa que tal vez pueda concretar parcialmente, algunos párrafos más adelante… El Nobel 2025 me tomó desprevenida, aún estoy procesando efectos de la obra de Han Kang, la escritora coreana, premio Nobel 2024, cuyo cautivador, enigmático y doloroso universo me envuelve desde hace un año. Tengo cuatro libros de ella. He leído tres, sin interrumpirlos, pero el cuarto, Actos humanos, me ha exigido pausar la lectura, intercalando otros autores más de una vez, para poder recomponerme del dolor que de modo tan vívido transmite ese libro, que es un viaje por el camino de duelos imposibles de elaborar.
Conocí a Han Kang a partir del premio Nobel y también por el Nobel conocí a Wislawa Szymborska (Polonia, P.N 1996) a quien incorporé como una de mis poetas preferidas.

A veces llegué antes que el Nobel a un escritor que luego, gracias al premio, sería mucho más difundido. Mi mejor ejemplo es que leí La pianista de Elfriede Jellinek (Austria. P.N. 2004) porque encontré el libro en una mesa de liquidación de una librería que cerraba (antes del Nobel para la autora y antes de la película basada en esa novela). Algo parecido me sucedió con Annie Ernaux (Francia P.N.2022) de quien compré Pura pasión también antes de que recibiera el Nobel (lo similar con Elfriede Jellinek es solo esa anécdota. He leído todo lo posible de E.J., en cambio Pura pasión fue lo único que leí de A. E.).
Un paneo sobre los premiados en los últimos sesenta años me enlaza y conecta con datos escondidos en los pliegues de la memoria: el primer recuerdo es la carta que escribió Jean Paul Sartre rechazando el premio Nobel en 1964[1]. La carta de Sartre tiene plena vigencia, siempre, pero se resalta especialmente cuando los argumentos políticos aparecen en la mayoría de los comentarios referentes al premiado y en especial a través de la obra del premiado, como sucede en el caso de Lászlo Krazsnahorkai.
El segundo dato recuperado fue que Yasunari Kawabata recibió el Nobel en1968.
Recuerdo que empecé “mi primera novela de Kawabata” (Lo bello y lo triste) después de haber leído -en una de las biografías sobre Yukio Mishima- que ese año (1968) también se consideraba a Mishima como candidato. El relato describía una madrugada tensa en que dos grandes escritores japoneses esperaban el premio. Al develarse la decisión de la academia, Yukio Mishima se habría adelantado a declarar a los medios que lo asediaban como a una estrella de rock: “El Nobel ha sido con justicia otorgado al Maestro Kawabata”[2].
Comencé entonces a descubrir a Kawabata y con él la esencia de la literatura japonesa contemporánea, innovadora y tradicional, a la vez que fiel a una transmisión sensible del arte, impregnado en sus distintas manifestaciones (pintura, cine, literatura, etc.) de una esencia particular y reconocible, donde el espíritu trágico y la belleza se amalgaman.

Entre los libros traducidos al español de Lászlo Krasznahorkai (Nobel 2025), encontramos Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río (título que me recordó Al sur de la frontera, al oeste del sol, la bellísima novela de Haruki Murakami, quien nació en Kioto y -dicho sea de paso- aún no ha recibido el Nobel). Krasznahorkai, precisamente, ubica en Kioto y sus alrededores el inicio de una búsqueda protagonizada por “el nieto del príncipe Gengi” desde las primeras páginas de esta que llamaré “la novela japonesa” del premio Nobel 2025.
Gengi es el protagonista de la que es considerada “primera novela japonesa” (Gengi Monogatari, traducido como “la novela de Gengi”, data del año 907 al 1002 y en la misma se narra la historia de Gengi y su descendencia). He recuperado esta información de El bello Japón y yo de Yasunari Kawabata, un librito que recoge la conferencia que dio el escritor cuando fue a recibir el premio Nobel en 1968. Es un texto hermoso, breve y profundo, en el que podemos encontrar condensados fundamentos de la cultura, historia y lengua que sostienen las características del arte del Japón moderno[i]. A propósito de ese texto escrito por Kawabata, es muy recomendable también el texto que Han Kang leyó en ocasión de la recepción de su premio el año pasado (2024)[3].
Vuelvo ahora a la “novela japonesa” de L. Krasznahorkai, valorada en un comentario en la red como “un homenaje del escritor a la cultura japonesa”. Intento procesar esa idea luego de mi experiencia con el libro de los puntos cardinales, cuya lectura inicié imbuida de un sentimiento de alerta, que identifico como la desconfianza que deben tener los coleccionistas de arte cuando compran un objeto valioso sin las credenciales de autentificación. Es probable que haya sido esa desconfianza lo que determinó que postergara el momento de entrar de lleno en la lectura de ese recorrido espiralado que implica compartir una experiencia sensible del espacio en que se mueve el personaje (el nieto del príncipe Gengi) en una búsqueda de 1000 años de historia.
La escritura de la “novela japonesa” de L. Krasznahorkai es técnicamente perfecta. El uso de oraciones muy largas donde las comas pautan la respiración -hay capítulos de varias páginas con un solo punto- tiene un efecto hipnótico; la inmersión en un escenario que va cambiando y mostrándose no favorece el corte de la lectura una vez comenzada, a pesar de entender desde el inicio que la trama es más próxima a un sueño que a la crónica de una exploración.

De las otras novelas de Krasznahorkai traducidas al español, avanzo a paso veloz con Melancolía de la resistencia, novela totalmente diferente a Norte, sur, este y oeste, tanto en la temática como en el tono. Esta novela tiene un ritmo de comedia muy agudo, con descripción de escenarios y presentación de personajes con resaltado de detalles, sentimientos y conductas, por momentos hilarante. El lenguaje descriptivo le fluye a este escritor con una facilidad admirable. También en esta novela se observa su predilección por el estilo de oraciones largas y el uso de las pausas breves.
Otras dos novelas del autor traducidas al español que tengo pendientes de lectura son Tango satánico y Guerra y guerra.
Cierro esta nota con el agradecimiento a Carlos Cholo Gómez que me envió los cuatro libros de Lászlo Krasznahorkai.
[1] Carta de Jean Paul Sartre rechazando el Premio Nobel de Literatura (1964). Con este título se la encuentra en Internet, también se encuentra un breve relato falso que dice que JP Sartre renunció al Nobel porque no quería ser reconocido como escritor sino como filósofo.
[2] Juan Antonio Vallejo Nájera. “Mishima o el placer de morir”. Planeta 1978.
[3] Ver en Youtube.
[i] Yasunari Kawabata: “El bello Japón y yo”. Editorial Universitaria de Buenos Aires. 1987.
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