Revista#5 - Archivo | 23 noviembre, 2020
La neutralidad benevolente del psicoanalista
por Marcelo Real

Hurgando hace poco en los archivos de Félix Guattari que se encuentran en el Institut Mémoires de l’édition contemporaine, antigua abadía situada en Normandía y restaurada tras haber sido ocupada por los nazis, llamó mi atención un recorte de diario. Se trataba de un obituario que escribiera luego de la muerte de Françoise Dolto. Allí se puede leer: “Los niños comprenden todo, proclamaba [Dolto], a condición de que se les hable claro. […] Hablar claro ˗prosigue Guattari˗, comprometerse por entero, yo diría incluso sin reservas, en la relación analítica con un niño y sus padres, así como con los alumnos, en una relación didáctica, o incluso con la inmensa Psique que acecha en los mass-media[1]. Pero hablar claro significa también asumir el riesgo del error, ‘jugársela’, no atrincherarse detrás de la supuesta neutralidad benevolente de los psicoanalistas clásicos o detrás de un dogmatismo con pretensión científica.”[2]

Cuenta que estando Dolto gravemente enferma, afrontó con una gran ironía su propia muerte. Así habría confiado a alguien: “Voy a juntarme con Lacan, jugaremos un scrabble y quizá terminemos por comprendernos”. Es sabido que ella se declaraba públicamente creyente. Guattari señala que ello no habría interferido en sus curas. Lo ignoro. Pero lo que más me interrogó, y que quizá no sea ajeno a ese punto, es el término “benevolente” que adjetivaba la famosa neutralidad del psicoanalista y a la que Guattari contrapone el hablar claro. No recordaba haberlo leído o escuchado antes. Luego me percaté de que, en realidad, lo había pasado por alto[3]. Que haya reparado ahora en eso, indicaba probablemente que algo se había conmovido. ¿Qué posición enunciativa de los analistas habría sido promovida bajo esa neutralidad benevolente? ¿De dónde viene y de qué forma nos habrá tocado a pesar de que esa denominación no haya circulado tanto por estas latitudes?

Benevolent neutrality

Fue el psicoanalista vienés Edmund Bergler quien introdujo en 1936 dicha noción en el Simposio de la IPA sobre la teoría de los resultados terapéuticos del psicoanálisis realizado en Marienbad[4]. Allí discutía sobre la forma con que el analista logra convencer al “paciente” de que él no representa ninguna instancia que imponga castigos arcaicos. Según él, es esta convicción la que finalmente modificaría el ideal del yo del paciente.

Su exposición se estructura en cinco partes.

I. La destrucción del proceso de pensamiento mágico debido a la no realización del miedo del paciente a que los deseos inconscientes revelados en el análisis puedan volverlo un perverso polimorfo. Es decir: “por ejemplo, es completamente imposible interpretar los deseos homosexuales inconscientes de un paciente de tipo pasivo-femenino sin que éste experimente angustia por que vaya a volverse homosexual. En realidad, nada de esto ocurre, y este es el argumento más fuerte contra la ecuación ‘pensamiento=acto’, a la cual la parte inconsciente del yo se aferra tan tenazmente. El hecho de que el homosexual inconsciente no se vuelva homosexual en la práctica, de que el hombre que lucha inconscientemente contra pensamientos asesinos no se transforme en asesino, o la señora con fantasías inconscientes de prostitución no se convierta en prostituta, sino que, en última instancia, lo que sea inútil pueda ser rechazado, mientras que lo que sea viable pueda ser incorporado en la estructura de la sexualidad normal ˗en breves palabras: ‘donde estaba el ello, allí está ahora el yo’˗, todo esto constituye la refutación más convincente de la falacia mágica en la que deseo y acto son uno y lo mismo.” (pp. 147-148) Todo pareciera estar permitido para Bergler, todas las perversiones a nivel de la fantasía (la neurosis como negativo de la perversión), a condición de que en la práctica se mantenga una sexualidad heteroburguesa.

II. Participación en la actividad sexual como “prueba” de la realidad de un superyó que autoriza. Sostiene aquí que la parte inconsciente del yo concibe el trabajo conjunto del médico y el paciente como una actividad sexual: que el analista diga al paciente que no hable de su análisis afuera ˗práctica que se extiende hasta nuestros días˗ es, según él, traducido por el inconsciente como “estamos los dos involucrados en algo prohibido, es decir, sexual; tenemos un secreto”. Para Bergler, esto representa “una nueva edición del deseo infantil de que aquellos que lo educan deberían autorizar su comportamiento sexual uniéndoseles. Como medio para obtener alivio respecto al superyó, esta convicción es un agente terapéutico muy valioso. Al final del tratamiento el carácter sexual de esta actividad conjunta es sublimada por el paciente.” (p. 152)

No es seguro que así suceda. Pero lo que me interesa resaltar es que en esta parte introduce la noción que me importa discutir: “Al comienzo de un análisis, la actitud inconsciente de todos los pacientes, sin excepción, hacia el analista es, en el fondo, una combinación de angustia y deseo de ser amado, aunque la angustia pueda estar disfrazada de criticismo, escepticismo, indiferencia, arrogancia, ironía, desprecio, etc. El análisis realmente empieza a andar cuando al menos una parte del yo del paciente se ha dado cuenta de que el analista no tiene intención de castigarlo, sino que adopta una posición de neutralidad benevolente hacia él.” (p. 149) La neutralidad benevolente se fundamenta a las claras en la segunda tópica freudiana: el psicoanalista se vuelve aquí representante externo de la instancia (institution) de un superyó poco severo y las conductas transferenciales son reconducidas, en la interpretación, a un plano puramente “endopsíquico”.

Su texto continúa: “Nunberg está en lo cierto cuando habla del analista como ‘protección contra la angustia’ y dice explícitamente: ‘Cuando la actitud del médico hacia los elementos instintivas reprimidos es de buena voluntad, el yo del paciente abandona una tras otra sus represiones-resistencias. Ya que siente que ha entrado en alianza con el analista y que está en armonía con él bajo su protección y, por tanto, desde entonces él mismo ya no necesita temer situaciones de peligro que, además, hace mucho tiempo que han dejado de ser reales. El paciente siente que está siendo protegido y entonces se atreve a cooperar con el analista.” Como correlato de una imagen universal e infantilizada del paciente, la exposición de Bergler vehiculiza una imagen del analista que hace de espejo y cuya actitud es protectora, indulgente, comprensiva, tolerante, amable, permisiva: un Sr. A Favor (y no un Sr. En Contra, por ejemplo, de que un paciente suyo proveniente de una familia aristocrática se case con una mujer de otra clase social).

III. La coherencia del médico encuentra eco en el inconsciente del paciente. Es sorprendente apreciar cómo sostiene aquí sin tapujos que la convicción con la que el analista defiende su punto de vista frente a la incredulidad del paciente respecto a sus interpretaciones o teorías (complejo de Edipo, etc.) es para él otro agente terapéutico del tratamiento. El analista es así groseramente incentivado a imponer sus ideas al paciente. Por otro lado, Bergler cree que: “es inútil señalar que el analista no debe bajo ningún concepto intentar sustituir al proceso de análisis por un permiso directo de que se gratifiquen ciertas tendencias instintivas patológicas, alentando al paciente a ponerlas en práctica en el mundo exterior. […] sabemos que no puede ser posible que los impulsos pre-edípicos y edípicos reprimidos sean traducidos en la vida real, aun cuando se hayan vuelto conscientes, ya que están estrechamente ligados a la imago de la madre o la del padre.” (p. 153) Resulta curioso que, a pesar de que lo crea inútil, Bergler no pierda la oportunidad de insistir con que el analista no debe incentivar al sujeto a dar rienda suelta a sus pasiones.

IV. La serie de las identificaciones: el paciente pasa de la identificación como defensa contra la angustia a la re-introyección. Donde Bergler plantea que: “En El yo y el ello Freud avanzó la hipótesis de que entre los dos instintos básicos hay una energía fluctuante, neutral, narcisista, y que esto refuerza el instinto al cual ésta se ata.” Asimismo, afirma que el ideal del yo (“tú debes”; a diferencia del superyó: “tú no debes”) es el asiento de esta “energía neutral” y que “a intervalos, el yo de la persona normal se rebela contra el ideal del yo, ese instrumento de tortura que se ha establecido por medio de las identificaciones. En su origen, fue creado como una protección a favor del propio narcisismo del sujeto. Ahora, cuando el benefactor se ha vuelto torturador, el yo, ante la necesidad, fantasea con un ideal del yo benevolente y lo proyecta en un objeto más o menos apropiado” (p. 154), a saber, el psicoanalista. Como se podrá apreciar, los términos neutral y benevolente aparecen ahora abrochados sea a la libido del yo sea al ideal del yo, respectivamente. Es desde allí que se proyectarán al analista.

V. El sentimiento inconsciente de culpa como vis a tergo en la terapia analítica. En la que se puede observar adónde conduce un análisis de este tipo: “Antes del análisis, el severo superyó permitía al neurótico, a costa de sufrimiento, cumplir sus deseos pre-edípicos y edípicos bajo el disfraz de los síntomas; al final del análisis, el superyó, aunque se ha vuelto más tolerante, no permite a quienes se han curado tomar ese camino. Se ha vuelto realmente menos severo, pero solo a condición de que renuncien a sus antiguos deseos y tomen la vía de la normalidad.” (p. 156) Es difícil no leer lo que un paciente le decía “usted ha arruinado todos mis antiguos placeres”, lo que perfectamente podría decirse en cualquier análisis cuyo efecto sea un nuevo montaje pulsional, sino como una crítica a ese tipo de cura adaptativa y normalizante que llega a su fin (la salud) de manera bastante insulsa. Bergler mismo lo dice: muchos de sus pacientes, una vez curados, dejan sus análisis con “un secreto resentimiento en sus corazones”, por lo que el analista no puede salir “impune”.

Neutralité bienveillante

La neutralidad benevolente tiene su lugar, entonces, en cierta teoría de la transferencia. Justamente, parte del planteo de Bergler respecto a la neutralidad del analista será luego relatado sucintamente por Daniel Lagache al abordar el problema de la transferencia[5].

Resulta que Bergler realizó un breve pasaje por Francia en 1937 antes de emigrar a Estados Unidos a causa del ascenso del nazismo, y Lagache será uno de los que retomará allí esta noción, la cual cobrará fuerza tras la Segunda Guerra Mundial[6]. También escribirá sobre los celos que un analizante sintió una vez que, a pedido mismo de este analizante, Lagache recibiera en consulta a su compañera. Allí dice que había recibido a la joven con una actitud “benevolente” y “objetiva”[7]. Se asoma allí el ideal de la objetividad.

Otro que retomará esta noción es Sacha Nacht. Por su parte, plantea que la neutralidad benevolente es la posición habitual del analista: es “necesaria, indispensable incluso en un primer tiempo del tratamiento, dominado por el trabajo de ‘toma de conciencia’”, es decir, de insight. El analista debe allí “borrarse para domesticar las pulsiones elementales inconscientes y para obtener la flexibilización del superyó”. Sin embargo, Nacht no tarda en matizar lo que acaba de decir: “llega un momento en el que este borramiento y esta neutralidad indebidamente prolongados corren el riesgo de volverse perjudiciales.”[8] Pone el caso “típico”, así dice, de la mujer que se enamora del analista: “Es evidente que el momento llegará en el cual el médico deberá modificar su actitud habitual de ‘neutralidad benevolente’ con el fin de que la ‘neutralidad’ no sea tomada por un tácito consentimiento, ni la benevolencia por una indulgente complacencia, sin la cual la enferma se instalará en una situación en la cual su sueño de pequeña le parecerá por fin realizable. El médico debe hacer de tal manera que no nazca equívoco alguno, que no subsista duda alguna que pueda convertirse en esperanza a los ojos de la enferma.” Ahora bien, ¿cómo puede tener lugar un análisis en el que no haya lugar para el equívoco? ¿Y si surge la duda?

En otro lugar, Nacht estudiará la posición del “analizado” en la situación del análisis llamado “didáctico”: allí el “candidato” ya no espera curarse ˗como el “enfermo” en el análisis llamado “terapéutico[9]˗ sino convertirse en analista, tiene conocimientos teóricos sobre el análisis, elige libremente al analista según sus propias tendencias, sea por lo que ya sabe o cree saber del analista o por lo que conoce directamente de él o a través de sus publicaciones, por último, se espera de él que en el futuro mantendrá relaciones profesionales y sociales con su analista. Bajo esas condiciones ˗discutibles, por cierto˗ la neutralidad, juzgada necesaria por la técnica clásica, se vería sin embargo reducida. En el análisis terapéutico, “a menudo basta con que el analista sepa mantener su actitud de neutralidad benevolente para que se dispare el proceso inverso: flexibilización del superyó, que comporta un reforzamiento del yo por integración de fuerzas pulsionales y, en especial, agresivas. En consecuencia, durante este período del análisis, si conviene que el médico manifieste ˗discretamente, por cierto˗ su presencia al enfermo ya que le es benéfica, sería preferible, en cambio, en el análisis didáctico, que esta presencia se desvanezca lo mayor posible por el hecho de que el analizado no puede percibirla como neutra.”[10] Ahora, si bien plantea eso desde el punto de vista del analizado, desde el punto de vista del analista, en un análisis terapéutico, “hay momentos en los cuales el analista debe, por ejemplo, estar muy atento a la dosificación de las frustraciones técnicamente necesarias, con el fin de preservar la continuación del tratamiento. Es así que la neutralidad benevolente y su corolario, la atención flotante, pueden sufrir ciertas fluctuaciones, mientras que en un análisis didáctico pueden sostenerse sin mengua alguna: siendo inexistentes los riesgos de que el candidato-analista abandone el tratamiento, con él la aplicación rigurosa de las reglas técnicas clásicas es no solo posible sino plenamente realizable.”  (p. 324) No se le puede reprochar a Nacht falta alguna de honestidad: el candidato es prisionero de la neutralidad benevolente del didacta.

Lo curioso es que, al mismo tiempo que Nacht multiplica las referencias a esta neutralidad benevolente, validándola al punto que la vuelve corolario de la atención flotante del analista, nunca deja de plantear sus reservas. En su libro La presencia del psicoanalista[11], repite que “es cierto que la ‘neutralidad bondadosa’ ˗entre benevolente, benévola y bondadosa, se pueden notar los progresivos deslizamientos hacia el bien˗ y el papel del ‘espejo’ son indispensables para la buena ubicación de la situación analítica, en primer lugar, y sobre todo para favorecer en el enfermo las tomas de conciencia y su elaboración”, y también que “la regla de neutralidad ˗la neutralidad hecha regla˗ es muy necesaria para conducir la experiencia analítica con el rigor que exige toda investigación científica”. No es extraño que el psicoanálisis concebido como ciencia haya tenido pretensiones de ser una ciencia objetiva. Pero, por otro lado, sostiene que precisamente esta “experiencia objetiva” le enseñó que “la flexibilización de ciertas reglas técnicas, las modificaciones aportadas a la actitud del analista, podrían ser útiles en una etapa posterior del tratamiento, con un objetivo esencialmente terapéutico.” (p. 75) Así llega a sustituir, en parte, la neutralidad por la presencia del analista: “la neurosis de transferencia debe marcar sólo el apogeo del proceso terapéutico, y durar un tiempo lo más breve posible, so pena de empantanar el tratamiento en caminos inextricables. Si se quiere evitar este escollo, que equivale en rigor a un fracaso, me parece necesario, una vez llegado el momento, reemplazar insensiblemente la actitud clásica de neutralidad por otra que calificaría de presencia gratificadora, en la cual el enfermo percibe una actitud interior de disponibilidad y de apertura atenta. Gracias a semejante clima, basta una palabra de estímulo que subraye tal progreso realizado, o inclusive la simple aceptación de un cambio de horario solicitado, o aun la prolongación de la sesión habitual, aunque apenas sea durante algunos minutos, para que estas ínfimas gratificaciones adquieran el valor profundo de una ‘entrega’. De tal manera, se instituye una nueva relación: en adelante el objeto ˗en este caso el analista˗ deja de ser temido, y el sujeto puede permitir que florezca en él esa necesidad fundamental de unión que lleva a todo hombre, más allá de todos los objetos de amor, a rencontrar la fuente primitiva de toda vida.” (p. 174) A decir verdad, entre neutralidad benevolente y presencia gratificadora, uno no sabe qué es peor, ya que semejante maridaje entre presencia del analista y humanismo corre el peligro de estropear aún más la experiencia.

Pero no deja de resultar interesante que aun quienes sostienen esa idea de la transferencia y, como enseguida se verá, del encuadre, deben crear nuevos conceptos que den otro margen de movimiento.

Con una sonrisa

De este modo, y más recientemente, Luisa de Urtubey, psicoanalista uruguaya exiliada en Francia, recuerda respecto a las condiciones necesarias para que se mantenga el encuadre: “regla fundamental para el paciente, neutralidad ‘benevolente’ para el analista, frustración recibida por el primero y más o menos infligida por el segundo.”[12] La neutralidad, elemento del encuadre, está allí planteada en los términos del “deber ser” del analista. Aunque también señala que “se vuelve defensiva si su fin es el de preservar la distancia, mecanismo de evitamiento en el analista”, agregando que “una neutralidad demasiado rigurosa conduce al silencio y a una técnica ‘fría’”, y que “lo neutro evoca lo asexuado y lo estéril.” Sin embargo, con respecto al otro término en cuestión, la benevolencia, no plantea reparos: “me parece que acoger al paciente fríamente, sin sonreír, significa una búsqueda temerosa de la neutralidad [en francés escribe “indifférence”, literalmente: “indiferencia”][13], por miedo de seducir o como resultado de un análisis con un analista sufriendo de ese afecto. Recibir al paciente con una sonrisa [en francés escribe: “avec bienveillance”, literalmente: “con benevolencia”] muestra la aceptación de una cierta seducción, como la de los padres amantes frente a su hijo, la búsqueda de una relación donde los afectos no están desterrados o considerados como peligrosos, luego de un tratamiento donde se podía mostrarlos a su analista y saber que la pulsión de vida y sus derivados le animaban.”  No obstante, esta sonrisa que borraría la cara de póker del analista promueve únicamente la veta tierna y amorosa de la transferencia. ¿Y la corriente erótica que podría ponerse allí en juego?

De Urtubey subrayará principalmente los peligros que, desde el punto de vista de los códigos de ética, puede conllevar tal puesta en juego. Su libro Si el analista pasa al acto versa sobre el pasaje al acto sexual del analista, es decir, sobre ese “pequeño número” de analistas (en su mayoría varones, según ella) que transgreden las “reglas deontológicas de la profesión”. La malevolencia del analista ya no es reenviada entonces únicamente a la severidad del superyó, sino lisa y llanamente al deseo perverso, incestuoso, pedófilo, en una palabra, al deseo monstruoso del analista. En efecto: “El análisis se desarrolla en un encuadre regido por reglas precisas que han de respetarse por el analista y el paciente. La primera, fundamental, es que, siendo el análisis antes que nada una cura por la palabra, ningún actuar debe allí intervenir”. Se podrá apreciar en ese enunciado la imagen dogmática del psicoanálisis que impide todo acto psicoanalítico. De este modo, en un análisis que es reducido a la mera cura por la palabra (talking cure), el acto es lo que se pretende evitar: que no se tome ninguna decisión importante durante el transcurso de un análisis, que se simbolice en lugar de actuar, que la fantasía perversa no pase al acto. Asimismo, con la actitud neutral y benevolente no es solo el acto del analizante lo que se intenta impedir, sino también el del analista. “Ausencia de contactos físicos, entonces, con excepción de un apretón de manos al comienzo y al final de la sesión”. En tiempos de pandemia, seguramente ni eso. “El paciente tiene la obligación de pagar los honorarios, respetar los horarios y decirle ‘todo’ (sueños, fantasmas…) a su terapeuta con el fin de que éste pueda interpretarlo de manera oportuna. Por su parte, el terapeuta debe permanecer neutro, no emitir juicio sino contentarse con asociar libremente mientras escucha, memoriza y se identifica, con vistas a, llegado el momento, poder interpretar.” El analista es ahora quien se lanza a la asociación libre y a la identificación (no es extraño pues que, en un artículo de referencia, Levy e Inderbitzin le dediquen un apartado a la relación entre neutralidad y empatía[14]). Tampoco “debe permitirse ninguna familiaridad con su paciente: tuteo, bromas, abrazos, confidencias, etc.” Uno se pregunta adónde habrá ido a parar el chiste y su relación con lo inconsciente en la insipidez de tal análisis. “Estas disposiciones destinadas a preservar la intimidad de cada uno y a generar confianza en el paciente en un espacio de neutralidad benevolente, favorecen la libre circulación de los fantasmas y los afectos que componen todo proceso analítico eficaz. Guardián del encuadre del análisis, el analista debe respetarlas y hacerlas respetar a su paciente.” El analista preocupado por el encuadre, verdadero espacio de la neutralidad benevolente, se vuelve nada más y nada menos que guardián de ese encuadre, o mejor, policía del acto.

¿Neutral? ¿Benevolente?

Un dato no menor: pasados veinte años luego de que presentara la noción de neutralidad benevolente, Bergler publicó Homosexualidad: ¿enfermedad o forma de vida?[15], libro que recibió fuertes críticas de parte de la comunidad LGBT, ya que planteaba que la homosexualidad era una enfermedad que se explicaba por factores pre-edípicos (orales) que involucrarían un conflicto masoquista no resuelto con la madre. Siendo la homosexualidad una enfermedad, pues, no una forma de vida, sostenía que podía ser curada a través del tratamiento psiquiátrico y psicoanalítico (en otro libro, llegó a plantear incluso una tasa de curación[16]).

Se ve así cómo, con sus teorías, por ejemplo, sobre la sexualidad, el inconsciente o el lenguaje, un analista, bajo la consigna de la neutralidad benevolente, puede imponer ˗aunque entienda no hacerlo˗ sus prejuicios y valores morales, políticos, religiosos, e incluso lingüísticos.

La neutralidad benevolente, que aun en nuestros días conserva su vigencia en el campo freudiano[17], no es pues un asunto meramente técnico, sino eminentemente político, vale decir, de ejercicio del poder.

 

[1] Dolto mantuvo un programa radial en el cual padres y niños llamaban y consultaban al aire.

[2] F. Guattari, Un Scrabble avec Lacan, Le Monde, 29 de agosto de 1988.

[3] Por ejemplo, en el libro de Guattari Cartografías esquizoanalíticas (1989), como en los textos de Lacan “Lo simbólico, lo imaginario y lo real” (1953) y “Variantes de la cura-tipo” (1955), o en el artículo de Mayette Viltard, “La conflagración de la vergüenza”, Litoral 41, Epeele, 2008, pp. 17-42. Todos ellos discuten al pasar esta noción.

[4] Cf. Symposium on the theory of the therapeutic results of psycho-analysis, International Journal of Psycho-analysis, XVIII, 2-3, 1937, pp. 146-160.

[5] Cf. “El problema de la transferencia. Relato teórico por Daniel Lagache”, 1956, Revista uruguaya de psicoanálisis, I, 03 (aunque allí no aparece el término “benevolente”). Allí relata, entre otras cosas, las tesis principales que se manejaron en el Simposio de 1936 en Marienbad.

[6] Cabe apuntar que la expresión “benevolent neutrality” fue usada primero por Sir Edward Grey, ministro británico de Asuntos Exteriores por el Partido Liberal y embajador en EEUU, para describir la política exterior norteamericana durante la Primera Guerra Mundial, política que jugó también luego un rol importante durante la Segunda Guerra Mundial en la que las ayudas diplomáticas y las políticas comerciales estadounidenses favorecieron a los Aliados de Reino Unido y Francia.

[7] D. Lagache, De l’homosexualité à la jalousie, Revue française de Psychanalyse, XIII, 3, 1949, p. 358.

[8] S. Nacht, Réflexions sur le transfert et le contre-transfert, Revue française de Psychanalyse, XIII, 3, 1949, pp. 373-374; por cierto, estos textos de Lagache y Nacht se encuentran traducidos al inglés en el International Journal of Psycho-Analysis, XXXI (1-2) y XXXV (2), respectivamente; si bien la literatura psicoanalítica norteamericana también ha retomado la noción que discuto, no me ocuparé aquí de ella.

[9] La artificial separación entre estos dos tipos de análisis ha sido ampliamente cuestionada por Lacan.

[10] S. Nacht, Difficulté de l’analyse didactique par rapport à l’analyse thérapeutique, Revue française de Psychanalyse, XVII, 1-2, 1953, p. 322.

[11] S. Nacht, La presencia del psicoanalista, Proteo, Bs. As., 1967.

[12] L. de Urtubey, El encuadre y sus elementos, 1999, Revista uruguaya de psicoanálisis, 89, capítulo retomado en su libro Si l’analyste passe à l’acte, PUF, Paris, 2006, cap. I. Les règles à respecter. Jean Allouch hace una descripción crítica de las tesis principales de ese libro en Nuevas observaciones sobre el pasaje al acto, Literales, Córdoba, 2019, pp. 121 y ss.

[13] Cabe mencionar que el término que emplea Freud, y que Strachey ha traducido por “neutrality”, es “Indifferenz”. Cf. Steven T. Levy, Lawrence B. Inderbitzin, Neutrality, Interpretation, and Therapeutic Intent, Journal of the American Psychoanalytic Association, 1992, 40(4), pp. 989-1011.

[14] Ibid.

[15] E. Bergler, Homosexuality: disease or way of life?, Hill & Wang, New York, 1956.

[16] E. Bergler, 1000 Homosexuals: Conspiracy of Silence, or Curing and Deglamorizing Homosexuals?, Paterson, NJ: Pageant Publishers, 1959.

[17] Como lo muestran los artículos que forman parte del número de la Revue française de Psychanalyse consagrado por entero a esta cuestión (2007/3, Vol. 71), y que unas veces apelan a la neutralidad benevolente, mientras que otras plantean sus límites.

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