Ilustración para El ser de la ciudad, Gonzalo Paredes
En un paseo con el perro, pasé por la esquina frente al gigantesco hotel con casino. La mole quiere devorar la vista y sin embargo la mía se fue hacia la esquina, donde hay un Subway, vacío y con las luces encendidas. Las mesitas sin nadie, excepto un delivery negro, de campera roja y celeste, sentado y acodado, el mentón apoyado en la mano. Aburrido, delante del cartel que publicita sándwiches con guacamole. No llegarían los pedidos, ¿acaso nunca llegarían? para sacarlo de su encierro.
Por supuesto, vi su moto con la mochila roja y celeste, estacionada en la vereda. Imaginé que más tarde, porque habría llegado un pedido o porque se iría a la pensión a descansar, el delivery la montaría y desaparecería de la escena. Pero no hay historia ni continuación. La escena queda detenida: un delivery solitario y pensativo, esperando sin nada en qué ocuparse bajo las luces de un Subway.
Era un cuadro de Hopper y ahí estaba el punto final. Un Hopper montevideano y contemporáneo, incluso por el colorido.
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Idea para un cuento. Un hombre, el primer día de su jubilación, contento por la previsión del tiempo libre (que ya tiene por delante), enciende como un acto reflejo el televisor. Sin prestar atención mira las noticias; una de ellas, un concierto de los Rolling Stones en una gran ciudad de los Estados Unidos. Nunca ha sido admirador de esa vieja banda, pero ahora se detiene en las imágenes: unos hombres más viejos que él, no jubilados —a fin de cuentas eso que hacen en el escenario es trabajar—, que se mueven con agilidad, armando a su alrededor un revuelo no igual pero evocativo al que generaron en su juventud… “Esto es pura nostalgia”, se dice el hombre con desprecio; pero él está sentado, apenas iluminado por el brillo del televisor y ellos, tan lejos, moviéndose con fuerza sobre el gigantesco escenario, bajo las refulgentes luces de colores que los siguen y los destacan. No puede evitar que le estropeen un poco el día.
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En el extremo del apartamento, en el recibidor, duerme el perro; en el otro, en el dormitorio, mi mujer; en medio de ambos extremos, es decir en la cocina, estoy yo, no durmiendo sino sentado, leyendo en el celular. Así pasa un rato, talvez media hora, hasta que me levanto para ir al baño, que queda en dirección al dormitorio; noto entonces que el perro se apura por el pasillo y, de un salto, sube a la cama: al lado de mi mujer, donde suelo dormir yo. Por lo visto creyó que mi movimiento era para acostarme; y se preocupó por hacerlo antes que yo. Durante todo el rato anterior no se había interesado por dormir en la cama; cuando percibió que yo podía ocupar el lugar, quiso ocuparlo antes. No quería eso hasta que sintió que yo podía quererlo. En estas cosas los perros son humanos, demasiado humanos.
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Muchos gustan de los perros, pero desde que salgo a pasear con uno, confirmo que hay quienes insisten en tocarlo e, incluso —créase o no—, abrazarlo con pasión. O incluso sacarse una selfie con el perro abrazado. Es inevitable: me parecen llamativos ejemplos de desequilibrio psíquico.
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Hace unos años tenía un juego de ajedrez en la computadora, y casi todas las noches, antes de acostarme, jugaba una partida. Por lo general perdía —algo no sorprendente cuando el adversario es una computadora. Sin embargo, en alguna ocasión ganaba, y eso me daba confianza, sobre todo porque, justamente, había logrado vencer a una computadora. De vez en cuando, empero, sospechaba que talvez el software estaba programado para dejar, cada cierto número de partidas, ganar al humano, de modo que este no perdiera el interés… Quién sabe cómo es la realidad; yo siempre preferí olvidar el asunto y dar por buenas mis victorias.
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Cuando uno vive en el Centro es posible que, una o dos veces al año, se sobresalte durante la noche, ya acostado, a causa de un insólito ruido exterior. Quizás un tiroteo distante —o no tanto— o quizás una explosión. Nada como un petardo sino más bien una auténtica explosión, grande, que en algún caso puede llegar a hacer vibrar los vidrios de las ventanas. Uno se queda pensando: ¿Qué fue eso, qué desastre magnífico? O acaso: ¿Un atentado? Algo que mañana ocupará las primeras planas de los diarios. A la mañana siguiente, empero, nadie habla del asunto, no hay información, nadie sabe ni se acuerda. Casi se podría decir: ni uno mismo se acuerda.
Se termina por aceptar que es el ser de la ciudad, en espera de nuestro recogimiento para manifestarse. Como un gigante que despierta, libre al fin.
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Cierta vez, porque iba escribiendo un cuento en el celular, me pasé de parada; no unas pocas sino miles: eso me pareció al levantar la vista y encontrar por la ventanilla un mundo extraño; un barrio pobre, talvez en la periferia de un pueblo del interior. Me bajé raudamente, alarmado —no sólo por la extrañeza sino por la hora; llegaría tarde al trabajo—; caminé y no reconocí los nombres de las calles; y aunque sabía que continuaba en Montevideo, la impresión de estar en un pueblo ignoto del interior también continuaba. Hasta que apareció una avenida indiscutiblemente montevideana y, con alivio, pude por fin tomar un taxi. No llegué tan tarde al trabajo, pero ese mismo día pedí una licencia —para escribir con tranquilidad, entre cuatro sólidas paredes, aislado de mundos extraños excepto aquellos de mi imaginación.
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Compro un libro para las vacaciones; es gordo, dará para muchos días; llego a casa, tomo asiento con disposición a hojearlo, a ver qué tal. Cuando me doy cuenta, consulto mi reloj y ya pasaron dos horas; miro el libro entre mis manos y he leído tres cuartas partes.
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Desde que coordino talleres literarios —y ya son décadas—, he visto a muchísima gente mejorar su escritura. Pero quien sin duda la mejoró más que nadie soy yo. Gran punto a favor de la enseñanza.
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Recuerdo a un grupo de taller, eran varios, se conocían entre sí y tenían sus años. Gente culta y —eso siempre me llamaba la atención— bien vestida; a mi parecer demasiado bien vestida para una mañana de sábado cercana al mediodía, hora en que nos reuníamos. Sumamente agradables, pasaban los primeros quince minutos de la reunión discutiendo con pasión sobre los libros que habían leído —leían absolutamente todo lo que los medios reseñaban—, los conciertos de música clásica a los que habían asistido, las películas que habían visto y, en fin, su tema favorito: el estado actual, a su juicio lamentable, de la sociedad. Nada era ya como debía ser… Yo compartía hasta un punto sus opiniones; pero más bien estaba atento al reloj, porque si dependiera de ellos podían llegar al final sin haber escrito. Creo —ahora que lo pienso— que quizás era una estrategia inconsciente; se demoraban y delectaban en sus discusiones para evitar la escritura, que les infundía, yo lo notaba, temor. Por cierto tenían sus pretensiones, como debe tenerlas cualquiera que intente escribir; pero en su caso, esas pretensiones les jugaban en contra. Quiero decir: se inhibían porque esperaban, a la primera línea, ser Jorge Luis Borges. O cualquier otro de su preferencia; tanto da. Si no lograban un monumento indiscutible al primer intento, desistían. Y aclaro que nada llegaba a parecerles ni medianamente parecido a un monumento; nada que ellos hicieran. Así, estaban atrapados en un diabólico circuito que les exigía a la vez que los aplastaba. Como suele suceder. Lo he visto en mucha gente. Pero en nadie como en ellos. Quizá se habían elegido entre sí para concurrir juntos a un taller debido a esa característica atroz.
Mis intentos por derrotar su autoexigencia castradora se daban de bruces contra lo que ellos entendían era autocrítica. “Un escritor ha de tener autocrítica”, decían. Yo les respondía que primero había que tener una obra, y recién después “autocriticarla”. Me miraban con sospecha, como si quisiera alejarlos de la senda del Bien… Terminamos convirtiendo al taller en un taller de lecturas. Yo proponía autores, compartíamos nuestras opiniones y, la verdad sea dicha, las suyas eran muy justas. Cómo me habría gustado que alguna vez hubieran tenido un texto propio sobre el que opinar con la misma justicia…
Pero nada se construye sin libertad.
Montevideo, 2023 – 2025
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Gonzalo Paredes (Montevideo, 1963) es Licenciado en Psicología, terapeuta psicoanalítico individual y grupal y coordinador de talleres de escritura. Publicó artículos y ficciones en diversos medios. Es autor de los libros de relatos Un puente largo y antiguo (Cauce, colección De los flexes terpines, 2001) y Smith (Estuario, 2014).
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