Aeropuerto internacional de Carrasco - Wikipedia
La conversación telefónica del domingo de noche estaba en esos últimos minutos que se alargan, lentos y áridos, en los que empezaba a padecer un cansancio que viene del fondo de los tiempos, mientras me oprimía la idea insistente de cortar lo antes posible. La escuchaba entusiasmarse con sus rememoraciones de infancia, y luego, en sus cuentos repetidos, idénticos, calcados unos de otros, tal como el domingo anterior, y el anterior.
De pronto, con una voz cristalina que antes no tenía, me dijo:
– Anoche soñé con vos.
Me sorprendió -siempre me pasa cuando se refiere a mí en ese grado de cercanía- y me dio una especie de alegría; me sentí como la niña de cinco años que los sábados de tarde la esperaba a su regreso de horas en la peluquería, envuelta en sus aromas de laqué y esmalte para uñas aun fresco.
– Si -continuó sin pausa- soñé que estábamos con tu padre, en el aeropuerto, y habíamos ido a despedirte.
En el aeropuerto, pensé, y me embargó una pequeña emoción. ¿Será entonces que en su desmemoria aun habita un sueño que la conecta conmigo, con la vida de largos viajes en la que transcurro hace unos años?
– ¿Y para dónde iría yo, mamá, hacia dónde sería el viaje? – le pregunté, con la expectativa intacta por su próxima respuesta -y con una sonrisa guardada para mi-.
– Ah, no sé, eso no sé… dijo, con esa risita que la vuelve triste y lejana.
Entonces volví a experimentar esa ausencia en mi presente, mientras recuperaba el dolor de su no saber, que es también un no saber de ella. Ella, que desde hace un tiempo, está siendo otra, apenas.
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