Rumores de muchas voces
Jueves: En la cinemateca
Me llegan a los oídos rumores de muchas voces simultáneas, confusas, sólo entiendo algo de las más cercanas “una película japonesa de terror” tres mujeres que bordean los cuarenta, una se parece a Bjork, en el otro lado del hall dos hombres jóvenes conversan sentados en taburetes; son algo femeninos o yo me lo imagino desde mis prejuicios. Un trío de chicas púberes qué bonita es esa que pasa pero un poco culoncita de más, pantalones bordó de pana y por sobre el rumor constante de voces cada tanto los motores de lo ómnibus atruenan sobre 18 de Julio. Contra el lambriz pantalones verdes y botas de cuero la chica tiene una risa alegre y unos dientes hermosos, él también es joven pero no tanto y por cierto que no me parece bonito. De pronto, en el vano de la escalera aparece Polansky joven que saluda a una mujer madura, seguramente no es tan parecido al director pero fue lo primero que se me ocurrió. Espero que entre la masa de gente y me levanto a último momento, hay otras dos chicas que había visto hace un momento, una tiene unos mechones teñidos rubios y el pelo debajo es negro, son jóvenes y cuando subo a la parte de arriba están ambas sentadas en la tercer fila casi al medio y yo opto, por esa manía de sentarme siempre frente al centro de la pantalla, por ubicarme en la quinta fila detrás de ellas y un poco a su derecha. Las evoco ahora porque me llamaron la atención sus posturas después que se apagaron las luces y cuando los muchachos ya grandes para andar haciendo viajes de pendejos —aunque eran medio pelotudos porque estaban rebelándose contra sus padres mientras vivían de ellos y los tipos tenían más de treinta— rompieron el motor home y la pantalla se iluminó cuando amaneció en alguna zona rural de Bélgica me pareció que se estaban haciendo mimos, cómo se contagian estas cosas ya lo vi en Buenos Aires hace tres años, lesbianas y homosexuales manifiestan sus sentimientos públicamente y uno se acostumbra, menos las viejas que me imagino deben estar escandalizadas, excepto alguna vieja progre que son la minoría. Siempre me gustó esta idea de escribir así casi sin pausas, abandonar ese relato formalrrealista y correctito, pero recién ahora que conocí a Sylvia Lago, un poco tarde porque leí un cuento de ella de 1955, me motivé y eso que ya había leído a esta chica Sara Mago, como dijo la ministra de cultura de España, y había experimentado con la escritura automática de los surrealistas pero, esto es distinto. Y volviendo a la oscuridad de la sala de cine me gusta estar sentado solo, observando la gente que me rodea y esa sensación de autosuficiencia de quien no tiene que ir con una novia o un amigo a ver una película y esto es algo a lo que un poco me acostumbré cuando estaba casado, a mi mujer no le interesaba acompañarme el cine —supongo que es una de las tantas cosas por las que nos divorciamos— y me siento bien conmigo a pesar de extrañar a veces a esta perra que hace poco me dejó, porque era yo el que las dejaba pero ésta me pagó con la misma moneda y quedé llorando mis tristezas hasta ahora cuando vuelvo a sentirle el gusto a la libertad que a veces pienso tiene el precio de la soledad. ¡Qué frase eh! Ahora tengo que superar esas incomodidades que traen los recuerdos, como cuando veo a dos niños nena y varón pequeños y que me recuerdan a esos dos hijos postizos que vi crecer durante cuatro años y que ahora los extraño un momento y al otro razono y recuerdo que había momentos en los que no los soportaba. Incluso llegué a pegarle un cintazo a Maite una madrugada porque no me dejaba dormir jugando con el hermano y después me sentí muy mal. Sé también que los quería porque había otras situaciones que eran cariñosas y siempre recuerdo un día soleado caminando de la mano con Joaquín y Maite corriendo adelante con una pelota y un gran espacio verde y vacío donde remontamos la cometa e intentamos jugar a la pelota porque de continuo se distraían con otras cosas y el pozo donde cayó la pelota y la cara de Maite que me miraba fijo cuando le preguntaba dónde estaba la pelota y ella no hacía más que mirarme sin abrir la boca. Y ahora aquí en el cine como un rayo me llega la evocación del calor de su mano en mi mano y cuando ese sentimiento ausente eso parecido a la felicidad te llenaba los vacíos y te hacía pensar que no estabas solo en el mundo y cuando suponías que sería algo eterno ella se fue con otro, así como viene se va despacito el recuerdo siendo ocupado por la trama de la película que estoy viendo.
Viernes: Camino al yugo
Ahora el frío se siente cuando se abre la puerta del ómnibus y se me cuela el aire helado por el cuello, me roza las manos y me enfría las rodillas, la oscuridad le da una sensación más profunda a la baja temperatura, el ómnibus enfrenta la pendiente que lleva a la parte alta del viaducto. Allá abajo pasan el edificio del Banco República —el cartel azul con letras blancas pasa a la altura de las barandas del puente—, después el campo de deportes, las copas de los árboles que crecen en el mismo y a continuación, lo que más sensaciones me provoca: las vías de tren, que parten desde abajo, pasan por la antigua casilla de ladrillos de los guardavías, contigua a las barreras pintadas con rayas blancas y negras, y se pierden brillando con reflejos metálicos con rumbo a la oscuridad, las luces de gas de mercurio de la calle, de un color azulado y frío se mezclan con las de encima del viaducto, que son de gas de sodio, de un color cobre, por cierto que cualquiera de las dos bañan el paisaje de una luz tan triste que refuerza el frío de la noche y la desolación propia de esa hora. El sueño no termina de irse de mi cabeza y me persigue el deseo de estar todavía metido en mi cama, tibia y acogedora. El traqueteo de ómnibus me resulta molesto, hay demasiados ruidos de cosas sueltas que vibran y golpean, siguen pasando azoteas plateadas y pretiles blancos que va emergiendo paulatinamente por detrás de las barandas hasta que descendemos a nivel de la calle los carteles de neón de la farmacia la parada repleta de gente. Es una hora en la que mucha gente se traslada a ganarse la vida.
Sábado: La Doble Dragón
Hoy me aconteció el tener que pasar de nuevo por el viaducto pero esta vez son las siete y media de la tarde y no trabajo, aunque la oscuridad es casi la misma. En verdad no lo decidí hoy, la semana anterior mientras subía la escalera de la facultad me encontré de frente con un afiche tamaño carta muy sugestivo, lo primero fue la imagen de un hombre vestido de negro con ropas de fines del siglo XIX envuelto en un capote y con sombrero de ala y unos bigotes con las puntas hacia arriba y mosca de mosquetero que decía “gran cena chou Tierra y tempestad Sábado 6 julio, 19:30 hs. bohemia revolucionaria” prometía lectura de poesías y narraciones de ayer y de hoy actuaciones teatrales y “musika” con la Doble Dragón —es algo que me rompe la cabeza ese nombre y más bien que quiero escuchar a esta banda a ver qué onda—, estaba firmado con letras blancas sobre el abrigo negro de Alejandro Sux —una flechita indicaba que ese era el nombre del hombre del sombrero— y al final “Biblioteca anarquista del Cerro”. Se me electrocutó una sinapsis y quise tener ese afiche, luego pensé que lo dejaría una semana más para que cumpliera su cometido pero al otro día no estaba el aviso puta madre por qué no lo saqué y no se me ocurrió ni sacarle una foto con el celular porque nunca pienso en él como cámara y lo busqué ese día y el siguiente por todos los pasillos del viejo edificio. El lunes de la semana siguiente subía resignado la escalera y me paré a mirar libros en el local de ventas que está dentro de la facu y allí estaba, el tipo leía sentado al fondo de la librería y le pregunté de qué era ese aviso y me informó que de una publicación anarquista ahora sí le saqué una foto y mientras giraba para irme a la clase vi otro afiche en otra puerta del mismo local, ese va a ser mío y efectivamente, cuando terminó la clase y antes de irme a casa pasé por la librería que ahora estaba cerrada y mientras hacía que leía la infinidad de avisos pegados en las puertas me despegué el afiche lo arrollé y me lo guardé en la campera. En casa lo leí en detalle gozando con esa obra maestra anacrónica y evocadora del El lobo estepario y encontré el nombre de Sux que busqué en Google y encontré que había sido un anarquista argentino que en realidad se llamaba Alejandro Daudet ¡gozado! y Leopoldo Lugones, Florencio Sánchez y hasta el payador Molina aparecían entre los ácratas citados en la página.
Ahora estoy parado en Agraciada y Gil esperando como un ídem a que pase uno que me lleve hasta el Cerro profundo. Pensé que iba a pasar un 125 con destino a la Playa del Cerro pero después de dejar pasar tres me tomo el cuarto con destino a Terminal Cerro, me bajo mirando los carteles y veo que por Grecia me servían el L12, el L17 y…el 125, después que me ubico para esperar me dedico a mirar a mi alrededor habría ocho a diez personas cerca y recuerdo a Rosana y ¿si salgo a caminar por los alrededores para ver dónde es la panadería de la curva donde trabaja ahora? pero no sé dónde es la curva ni qué curva si la de Tavarez o la de Grecia y ¿no serán la misma? qué ignorancia la mía, no importa pero no voy nada porque a lo mejor viene alguno de los que me sirve, dos mujeres me llaman la atención: una de alrededor de cuarenta y la otra diez años menor conversan se me ocurrió pensar si no irían al mismo lugar que yo, la más joven pelo negro lacio y abrigo rojizo con pintitas grises, nada de rojo y negro como mi vestimenta de la que pensé ingenuamente que era la más apta para ir a una reunión anarquista y pasar desapercibido. Mis pantalones deportivos rojos y un canguro de algodón negro y encima mi campera de motoquero también negra con un rótulo rojinegro que por momentos se me antoja insignia nazi por sus geométricas letras blancas que cantan “Riff” —en vez de SS— el grupo en que estuvo el Carpo y pienso que estoy de lo más anarquista con la capucha negra en la cabeza y ella así nomás como cualquier estudiante universitaria del Cerro. Después llega una campera verde militar rubio barbado con lentes de aumento que las saluda y conversan animadamente y cuando se cambian de lugar los escucho decir L12 y L17 y él quejándose de Bellas Artes y pienso que sí es posible que vayamos para el mismo lado y hay una confusión de ellos tres porque para un bus cuyo cartel dice Terminal Cerro pero como yo había tomado muchas veces el bus local para ir a la casa de Rosana —otra vez lo mismo— sé que cambian el cartel antes de partir espero hasta que el conductor lo cambia por Playa Cerro y yo subo primero mientras ellos vuelven del bus de atrás que era otro L12 y me siento y ellos van parados en la plataforma y cuando llegamos al jardín de infantes donde iban Maite y Joaquín me acerco a la puerta delantera y le pregunto al conductor si esa era Viacaba y me dice que no que es la próxima parada e igual me trae esos putos recuerdos porque en la esquina está la panadería donde comprábamos los bizcochos cuando íbamos a buscar a los niños y un local abierto con mostrador y gente atendiendo en la mitad de la cuadra y pienso si aquello no será la curva de Grecia y aquel comercio la panadería en la que trabaja Rosana pero me bajo y encaro la subida hacia el cerro y los tres que venían juntos se bajan de la misma manera y me sobrepasan porque todavía camino lento y rengueando un poco después del accidente con la moto y en la esquina hay varias personas todas vestidas de oscuro pero no me extraña porque es una característica de los montevideanos, una pareja de personas de porte voluminoso —en realidad les decimos gordos— están sentados antes de la puerta del local que es en la esquina y se me ocurre —porque los gordos son más afables— preguntarle a él ya que ella se había levantado, cómo venía la mano y me dice que no sabía, entonces me arrimo hasta la ochava y me asomo a la puerta y no hay más de cinco personas dentro sentadas en mesas como de un bar y libros muchos libros, es allí pero no sé qué hacer mientras que los que llegan se saludan con los que ya están y parece que todos se conocen y hasta una pareja que venía en el bus él afro y ella blanca están allí algo que nunca me imaginé cuando en el ómnibus parecían una pareja que volvía a casa del trabajo y quizás sea así pero quiero decir que no parecían anarquistas que iban a una reunión, son los preconceptos. Entonces me siento incómodo porque en este momento no sé qué hago aquí y desando mis pasos hasta Grecia esquivando unos soretes de perro que pueblan un sector de la vereda y doblo la esquina hasta la mitad de la cuadra para enterarme que el local abierto es una carnicería, esa mujer no se me va de la cabeza, así que vuelvo a la biblioteca mientras pienso en lo indeciso que estoy y pregunto al que estaba parado en la puerta cuándo comienza esto y me dice que pronto y de pronto su rostro me resulta familiar “pero yo te conozco” y me mira estudiándome y me doy cuenta “seguro si te vi tocando en el Florencio Sánchez” y entonces relacioné anarquista-florencio y el muchacho que era del cuarteto Ricacosa me dice sí es verdad y me da la mano, me siento menos inoportuno que antes apoyo mi espalda contra la pared al costado de la puerta y hace mucho frío. La chica flaca del trío del ómnibus conversa en un grupo en el que otra chica muy joven con calzas pescadoras negras me observa extrañamente no debo caer en la tentación de pensar que me mira por alguna razón romántica otros están alrededor de un Kia Picanto un auto que me gusta mucho pero que me parece un poco desubicado en ese ambiente cerroobreroanarco y baja gente y los del auto se van por Viacaba abajo saludando, por la calle andan de arriba abajo dos niños en una bicicleta y cada tanto alguna moto pasa atronando, en eso una chica que había visto parada contra la puerta hacía un rato me mira y me extiende un vaso con un poco de vino lo que me sorprende bastante qué cálida esta gente y tomo un trago, “qué rico hace mucho frío” me dice que sí y me siento en la obligación de establecer una conversación para agradecerle su gesto además es bonita y le pregunto qué estudia —se me ocurre que es universitaria— y me dice que Sociología pero en Madrid, recién entonces me doy cuenta que habla con un acento español piercing en la nariz como los caníbales de Tarzán pero de metal en vez de hueso yo en Humanidades haciendo Letras “¿pero qué carrera estudias?” se llama así Licenciatura en Letras “Allá no existe esa carrera sí existe Filología” le digo que también había cursado un tiempo Bellas Artes pero no la impresiono mucho me dice que está de vacaciones y que se le ocurrió venir por Montevideo y se está quedando en la casa de Mariví Ugolino “Ah, es una pintora conocida” “¿Sí? Quizás para ti que estás en eso del arte” le pregunto hasta cuánto se queda “El jueves me voy para Buenos Aires y después sigo para Bolivia y veré hasta dónde llego, me vuelvo en setiembre a España” “Yo voy a Madrid en setiembre” y ella sonríe “¿Has estado ya?” “No, es la primera vez paso unos días en Madrid en casa de unos amigos y luego a La Coruña donde tengo una hija” “Ahh… ¿y está con la madre?” “Nooo…ya es adulta vive sola” “Me pareces muy joven para tener una hija viviendo sola” me río “¡Qué joven! Si estoy por cumplir cuarenta y dos” “No parece. Entonces volviendo a Madrid, tienes que ir a Lavapiés que es un barrio muy majo. ¿Tus amigos son uruguayos?¿Hace tiempo que están allá?” “Sí” “Vale, entonces te van a llevar a conocer Madrid. Allí tienes que comerte una tapas y tomar unos vinos” “Por supuesto. También quiero ir al Reina Sofía y a El Prado” “Guay sí ahí está el Guernica de Picasso y en El Prado a mí el arte no me mola mucho pero me gusta El Jardín de la Delicias del Bosco ¿sabes? es un pintor ¿conoces?” “sí claro Hyeronimus Bosch” me acuerdo milagrosamente ya que mi memoria a veces se traba no sé si por la marihuana o por el golpe en la cabeza “una vez estuve en el Museo de Arte de San Pablo. Apenas unos días antes de ir allá había visto un libro en la casa de mi hermana que tenía una imagen de un cuadro del Bosco. Caminando por el museo, en un momento me doy vuelta y veo el mismo cuadro colgado allí. Es impresionante ver la pintura real y acercarse a ella y ver el detalle, la misma de la laminita del libro “¿de qué tamaño es la pintura del Prado?” “y es así —y extiende los brazos— es un tríptico las dos piezas del exterior se abren” “Pensé que era más grande” me dice que los dos museos estaban cerca y que hay un tercero el Thyssen- Bornemisza —ahora sé escribir el nombre—, le digo que mi amigo es pintor, “Entonces no vas a tener problemas seguro que te llevan ¿Sabes que un día de la semana la entrada es libre? creo que el lunes o martes” “Lástima porque llego un miércoles”, me encanta su acento le pregunto cómo había llegado aquí, aquí al Cerro y me dice que tenía un amigo que no estaba aquí pero que le había indicado el lugar “¿Pero conocés a alguien aquí?” “Sí a mi amigo que no está aquí y ahora a ti” le comento que cuando era muy joven había estado muy afín con el anarquismo pero que como todo me había desencantado ya no creía en muchas cosas le comento que el muchacho que ahora está en la puerta es músico si lo conocía me dice que no y le digo que en el canal 5 de la tele pasan un programa que se llama Escenarios me contesta que no había visto televisión y continúo contándole que había tenido una novia con la habíamos ido a un concierto en el que él tocaba y que lo habían grabado y yo estaba con ella en la primera fila y que lo repetían en la tele y cada vez que lo veía me la traía a ella al recuerdo, me gusta esta relación inesperada y hasta me produce expectativas quizás no duerma solo esta noche tampoco voy a obsesionarme como otras veces veremos qué pasa y luego le pregunto si adentro venden vino y entro a comprar un vaso veinte pesos y de paso dos empanadas una de carne y la otra como todas las demás es vegetariana de puerros y amaranto me resulta conocido el nombre pero no tengo idea qué gusto tendrá aunque se me ocurre que es un nombre de Cien años de soledad. Le ofrezco vino a la española y toma pero no quiere comer de mi empanada le comento de sus ingredientes y entonces la prueba, después ante mi pregunta me dice que es vegetariana ya la gente te ofrece vino y el vaso que le diste a ella pasa a otro y ya mandé al carajo mi dieta que no incluye el alcohol y estas ingestas fuera de hora y le comento a Paula que así se llama la madrileña que vive al sur de Madrid y tiene un hermano que toma mate y pienso qué raro un español tomando mate y me dice que es por el Che Guevara “pero si estás muy flaco” mientras mira mis piernas y le digo que soy diabético y que tengo que mantener mi peso ideal y que además estoy quedando panzón y ella que si conozco la stevia y la he usado como edulcorante pero dice que si me hice infusiones con la planta y que no, no la conozco y ella hay un tipo que subió un video a You Tube tiene una herboristería dice que cura la diabetes y yo le digo que soy muy incrédulo pero ella que a este tipo le cree y que vive no sé en dónde lejos de Madrid pero que si me va a curar yo no lo pensaría que busque “hierbas prohibidas medicinales” en la Web. Un barbudo se integra a la pequeña rueda que se ha armado frente a la puerta de entrada y dice que me conoce de Bellas Artes a mí no me recuerda a nadie, dice que hace grabado y me comenta que aquél y lo señala con el dedo —que yo había reconocido antes— es del taller Laborde lo que refrenda lo que le había comentado un momento antes a Paula de que en Montevideo nos cruzamos siempre con alguien conocido. Una chica alta con unos pantalones rosa me ofrece un porro encendido y dudo y ella dice que acá nadie está obligado y trato de fumar y se apaga mientras le digo que le compro un número de rifa que estuvo ofreciendo antes y que no se acuerda de los premios que son varios libros y un porrón de ginebra y le devuelvo la colilla y voy adentro a comprar otro vaso de vino porque el otro desapareció y hay dos chicas que atienden y sólo recuerdo a una que debe tener bastante más de treinta porque me gusta pero hay que tener ojo porque no sabés las relaciones que existe aquí adentro aunque hay una morocha que cada vez que se cruza conmigo me mira a los ojos y sonríe levemente debe estar drogada o borracha porque anda con el novio un tipo con piercing en la nariz y parecen muy enamorados a lo mejor estos anarquistas como los de fines del siglo están por el amor libre. Pero la española se va al baño y entonces llaman a todos para adentro porque van a comenzar y se llena el local y me pierdo de Paula y un flaco con gorra negra de visera comienza a leer poemas de anarquistas de 1890 intercalando comentarios suyos y tomando un trago de vino de alguna mesa, es muy ocurrente y vivaz y la gente ríe, yo también. Tengo la cámara en el bolso que cuelga de mi hombro y sólo cuando veo a dos que filman me animo a sacarla y registro parte de la lectura. Estoy detrás del morocho que venía en el bus éste se da vuelta y cuando ve la cámara comenta algo a quien está a su derecha, me cago ¿y si estos anarquistas se piensan que soy un infiltrado? pero todo tranqui y aplauden al flaco que luce como líder y todo el mundo parece feliz un par de niños pequeños caminan a los tropezones entre la gente y el flaco habla de Alejandro Sux y de otros anarquistas porteños de fines del XIX y lee una carta de uno desde la cárcel y unos poemas bien pasados de moda hoy que estarían bien en una clase en la facultad pero acá me suenan anticuados pero no me importa me siento bien. La flaca que me gustó en la terminal está parada a mi derecha y un barbudo que se sienta detrás de ella la sostiene por la cintura que cagada ya no es una posibilidad la española no la veo quedó por ahí detrás de tanta gente que no puede uno moverse hasta que termine esto o haya una pausa. Cuando el flaco gracioso termina todo el mundo sale para afuera y puedo desplazarme libremente hasta comprar otro vaso de vino y encontrar sentada a Paula, le apoyo una mano en el hombro y le pregunto dónde está el baño y voy hasta el pasillo con un mostrador al costado y hay dos chicas haciendo cola la última es una negra bonita cuando le pregunto qué número tengo me contesta el tres… no ahora el dos porque sale uno del baño y dejo el vaso sobre la mesada y ella mientras la otra chica entra al tocador se da vuelta y toma un trago de mi vaso sin preguntar y no me molesta sino que más bien me gusta esta manera de relacionarse que tiene esta gente es muy agradable la muchacha y bromea hasta que entra al baño, cuando sale le digo que se quede con el vaso que tiene apenas un dedo de bebida. En el baño mientras orino leo un cartel hecho a mano con un marcador grueso pegado sobre la cisterna de plástico que dice “la piola de la sisterna se tira para el costado, no para abajo” estos anarquistas a pesar de su biblioteca también tienen faltas de ortografía y escucho que alguien espera afuera para entrar mientras fotografío el aviso y otro poster este sí de imprenta que dice algo que más tarde leeré y salgo de nuevo y mi vaso ya no está en la mesada voy y me encuentro con Paula me pongo a su lado y trato de encuadrarme junto a ella con mi cámara mientras grabo diciendo algo así como aquí estoy con una española y ella protesta y me dice que las cámaras no le van y ríe hasta que tapa el lente con una mano se da vuelta y queda muy bonita en la grabación. Afuera el viento es continuo y me duele la espalda de estar agarrotado por el frío mientras ¿por qué mierda salen todos afuera y yo detrás como un nabo? una morocha alta me pasa un vaso con vino se llama Mariana igual que la petisita que habla con Paula que está preocupada porque quedó de verse con un amigo a las diez y no va a llegar y la otra Mariana le presta el celular para que lo llame mientras le explica que tiene que caminar hasta la terminal y qué ómnibus le sirven hasta Rivera y Soca me exprimo la memoria tratando de recordar qué línea le puede servir mas no lo recuerdo lástima que se va con mi ilusión de pasar la noche en mi cama con una española mientras ya estoy conversando con la Mariana alta a la que comenta la otra Mariana que le dicen Mari pero no le gusta pero justo la llaman de un grupo “Mariiii…”. Otra vez adentro y ahora el de la campera militar y los lentes que ha publicado un libro —financiado por él creo— y va a leer algo del mismo tiene un montón de tiras de papel que parecen un abanico o un penacho marcando las páginas que va a leer y me siento a una mesa y el flaco que está en la otra silla me dice que él también se robó el lugar y el de la campera verde me encanta como a una serpiente, lo que lee es muy ingenioso juega con los significados de las palabras y con los parecidos y entrevera con palabras en inglés y cada vez que termina de leer mira al flaco de la gorra negra y le pregunta ¿puedo seguir? vos avisame cuando paro, y el otro siempre le contesta que sí y lee otra página de su libro saca el marcador y pregunta ¿puedo seguir? y así hasta que lee cosas del libro que todavía no publicó. La gente encantada aplaude se ve que también le gusta el ingenio del barbudo.
El próximo número me hace perder de la madrileña que debe haberse ido en ese momento, un flaco jipillo de pelo hasta la cintura barba jeans y chaleco joven quizás demasiado porque sus poemas son lamentables aunque esta inferencia no es cierta ya que estoy confundiendo experiencia con talento, este lee y comenta sus poemas que la gente aplaude —aplaudirían aunque les cantaran la lotería— y que bueno… “debe esforzarse más” aunque dudo que le dé resultados. A esta altura de la noche tengo varios vinos encima y está todo bien, ya me conseguí una ubicación en la escalera de madera que lleva a un entrepiso y sobrevuelo toda la habitación con la mirada. Por suerte el flaco se va y yo puedo comerme un par de pastelitos de manzana y canela mientras me cago de frío un rato en la intemperie de esta Villa del Cerro ventosa. Cuando vuelvo adentro me encuentro con otro que iba a Bartes y le recuerdo que nos vimos en Fraybentos “¡En Excentra!” concluye y se le agrandan los ojos “Sí. Vos estabas con mi amigo Iván y se habían pegado unos malandras del Borro” “No me acuerdo y a aquél hace mucho que no lo veo ¿sigue tomando? yo achiqué un poco” “Sí, siempre anda con el medio litro abajo del brazo” y seguimos conversando trivialidades hasta que se anuncia el próximo número que es la obra de teatro. Una chica con un vestido blanco con encajes que más bien parece un camisón pasa al frente y se sienta en un taburete alto otra chica se para contra la pared a su derecha y a lo largo de la obra no hace más que dar vuelta los ojos y mirar el techo y la mujer de la pareja de gordos que estaban desde el principio pasa a su izquierda con una guitarra en la mano y se ha quitado los abrigos y recién veo que tiene rapado el lado derecho de la cabeza y se viste de calzas y la chica del camisón comienza a recitar un libreto de alguna mujer de principios de siglo que tiene una relación amorosa con un tipo casado y la mina reivindica su derecho al sexo libre en oposición a la pacatería de la sociedad de la época me recuerda a la chica que me mira cada vez que pasa y la busco con la mirada y está amorosamente abrazada de su novio piercing en la nariz amor libre anarquista me imagino y la chica gorda comienza a rasgar la guitarra y a cantar despacito una canción conocida que no ubico de quién pero me gusta su versión y de pronto una voz femenina afinada y potente se escucha por sobre los tarareos torpes de la audiencia y es una de las chicas jóvenes que estaba desde el principio afuera y que no sé por qué causa me miraba como desconfiada. Termina la obra cuando la del camisón tira de una cuerda y se abre un cajón que está sobre su cabeza y le cae tierra pero el mecanismo no funciona muy bien y cae muy poquito y después que termina todo alguien tira de nuevo de la cuerda y cae toda la tierra junto con la lámpara que estaba sobre el cajón y se quema y saltan los tapones y quedamos a oscuras hasta que alguien levanta la llave térmica esto está muy cool. Ya son las dos de la mañana y la gente sale nuevamente afuera ya quedan menos y me digo “se terminó” y me quedo un momento afuera esperando que salga la chica que canta y la tomo del antebrazo y le digo “me gusta como cantás” y ella me agradece y mientras comienzo a caminar calle abajo escucho que ríe y que repite “le gusta como canto… le gusta como canto” en voz alta a alguien que ya no veo porque me estoy yendo esquivando las mismas mierdas de perro de antes y a esta hora por Grecia se ve desierto y espero en la parada frente al jardín donde iban Maite y Joaquín y me tomo un taxi libre que aparece del lado de la playa. Mientras vamos rumbo a Carlos María Ramírez busco con la mirada a alguien a quien pueda llevar pero no veo a nadie de la reunión estoy medio mareado por el vino y con sueño y entonces me doy cuenta que aquello no debía de haber terminado aún porque nunca escuché tocar a la Doble Dragón.
Gerardo Pereira (Montevideo, 1956) es fotógrafo diletante. Estudió en la Escuela Pedro Figari y en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Participó en talleres con Roberto Appratto y con Gonzalo Paredes, así como en algunos cursos de Letras en la FHCE.
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