Revista #2 - Lo publico, lo privado | 29 diciembre, 2017
Tan ilustrados como transparentes
por Juan Manuel González

 

Internet democratizó la producción y el acceso a la información. El límite entre lo público y lo privado comenzó a volverse difuso en un medio donde cada habitante del mundo tiene una cámara en su mano para registrar un hecho y la posibilidad de decirle a todos lo que piensa.

Este es un punto de inflexión que cambió las reglas de juego para la política y el poder. Durante mucho tiempo, los gobiernos gozaban de un aura de misterio y lejanía hacia la población. Ese misterio, les daba la posibilidad de planificar y conspirar a puertas cerradas sin que nadie las pudiera abrir porque ni siquiera alguien sabía dónde estaban.

La sociedad de la transparencia abrió esas puertas y disolvió todo misterio.

Las personas comenzaron a reclamar transparencia en el accionar de los gobiernos y las empresas.

Internet comenzó a facilitar a gran velocidad la necesidad de mostrar qué se está haciendo, cómo y con qué dinero para que todos, si queremos, podamos inspeccionar.

Como lo expresa el filósofo surcoreano, Byung-Chul Han en “La sociedad de la transparencia” (Herder, 2012):

“La sociedad expuesta es una sociedad pornográfica. Todo está vuelto hacia fuera, descubierto, despojado, desvestido y expuesto. El exceso de exposición hace de todo una mercancía, que está entregado, desnudo, sin secreto, a la devoración inmediata.”

Las redes sociales y Google se abrieron como un parque, donde todo estamos invitados con entrada gratuita, para jugar, hablar, conocer gente con nuestros mismos intereses y alejarnos de los que opinan diferente. Dentro de esa plaza democrática, con los años,  comenzamos a volcar casi toda nuestra información. Lo que nos gusta comer, los libros que nos gusta leer, la música que nos gusta escuchar y las fotos de nuestras vacaciones. Pero con la salvedad de que toda esa información,  que antes se daba en una charla entre vecinos de cuadra, entre amigos y se disipaba en el aire, ahora queda guardada en servidores. Por lo tanto, las redes sociales y los buscadores, hoy, son instrumentos de panóptico para toda persona con acceso a internet.

 

La libertad y la vigilancia en internet, valen lo mismo. No se puede ser libre, sin estar vigilado.

 

Por fuera de internet, también se ha implementado la cultura de la transparencia. Las cámaras de vigilancia en las calles, empresas y centros educativos no podían quedar atrás. Para la sociedad de la transparencia “lo invisible no existe”, si no lo veo, no lo creo.
Frente a un hecho lamentable en un centro educativo, se recurren a las cámaras de vigilancia para corroborar quién golpeó a quién.

La palabra del ser humano perdió todo valor en tanto exista una cámara, y la confianza tácita entre nosotros se reduce a lo que muestre una pantalla.

 

En su libro, Byung-ChulHan habla también sobre la positividad y la negatividad.

La transparencia, es un concepto positivo porque devela, muestra y quita del medio toda suciedad. La transparencia en exceso “quita a las cosas todo encanto y prohíbe a la fantasía de tejer allí sus posibilidades”;  mientras que la negatividad juega con la ambigüedad y ambivalencia, con secretos y enigmas que aumentan la tensión erótica.

Los conceptos más icónicos para el ser humano son negativos; lo santo, el amor y el arte.

En nuestra sociedad de las comunicaciones, lo privado es derramado en la exposición. El ejercicio de descubrir, develar y descifrar pierden efecto en un momento de la historia donde todo es información, y ella como tal, es algo desnudo. No solo las telecomunicaciones forman parte de la ruptura entre lo público y lo privado del sujeto, según Han “el capitalismo agudiza el proceso pornográfico de la sociedad en cuanto lo expone todo como mercancía y lo entrega a la hipervisibilidad”.

Las redes sociales funcionan como una zona de bienestar donde se acentúa la cercanía positiva y se elimina la lejanía negativa. Esta zona de confort se vincula con el narcicismo que expone la confesión y el desnudamiento psicológico. El narcisismo es la forma más extrema de cercanía. Como cita Han a Sennet “El narcisista no está abierto a experiencias, quiere experimentarse a sí mismo en todo lo que se le presente enfrente. Devalúa toda interacción y toda escena”.

 

En la contemporaneidad y mediante la red, los ciudadanos entran en los proyectos del gobierno, los difunden, opinan, cuestionan y comparten. También a la inversa, los gobiernos mediante la tecnología entran a la casa de las personas, los bancos con la economía bancarizada monitorean nuestros movimientos financieros, los mapas y GPSs nos marcan el rumbo,  pero también lo guardan y elaboran un historial de viaje para sugerirnos nuevos destinos. Compramos por internet de forma rápida, pero así de rápido los algoritmos de los sitios web aprenden lo que nos gusta comprar y a dónde nos gustaría viajar, y nos ofrecen más vuelos y hoteles con descuento. Nuestro último celular se desbloquea con nuestra huella digital que ya está guardada en la base de datos de la compañía de tecnología. El ladrón de carteras ya no puede mentir diciendo  que es inocente porque todas sus acciones quedaron guardadas en las cámaras de seguridad de la vía pública, y nuestra última conversación quedará grabada con el fin de mejorar el servicio.

 

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