“Elegir la propia máscara es el primer gesto voluntario humano. Y es solitario”.
(Esta reflexión se le atribuye a Clarice Lispector en la biografía “Clarice, una vida que se cuenta”).
Se termina el año y llegamos a la conclusión que, en todas las esferas del arte primó la quietud. El trillar por lo conocido puede resultar seguro, o no, dado que protegerse, a veces, puede mutilar la imaginación.
No obstante, hay representaciones que nos agitaron las fantasías y con ello, la capacidad de asociar; cuyo resultado es una creación personal. Aquí, cabe citar la exposición: “ENMASCARADAS” exhibida en la sala Estela Medina del Teatro Solís, a través del CIDDAE (Centro de Investigación, Documentación y Difusión de las Artes Escénicas) bajo la dirección de Marcelo Sienra; que culminó como broche final con las disertaciones de: Prof. de la EMAD (Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático) Arq. y artista plástico Enrique Badaró; la Antrop. y Psic. Claudia Martínez; y la Psic. Ximena Malmierca, ambas licenciadas son activas integrantes de APU (Asociación Psicoanalítica del Uruguay).
Esta muestra internacional, nos remite a la dualidad humana, tantas veces aludida en las letras y en las artes plásticas. Si buscamos los orígenes, las máscaras aparecen con el hombre primitivo en sus invocaciones; en La Biblia, “Corintios, 3:18 (…Confía en Él lo suficiente como para quitarte la máscara)”. Todas las civilizaciones cuentan con ellas, por lo misteriosas –a veces son muy atractivas- y tienen la potestad de cubrir la identidad, esconder la cara, para fines ceremoniales o artísticos.
Quedan de lado, los hallazgos acerca de las majestuosas máscaras de la época pre-hispánica en América, y en África, que aún hoy, su valor es revelador y extrasensorial.
Los egipcios las usaban en los actos funerarios, los griegos en el teatro y en las fiestas Dionisíacas, los romanos en las Bacanales y en el teatro; con alguna diferencia, donde se cubría el casco, quedando la cabeza envuelta o camuflada.
Más tarde, Italia las fue trabajando con esmero, desde los capuchones que acompañaban a largas narices en la “Commedia dell´arte”, hasta el refinamiento de las máscaras del Carnaval Veneciano; capaces de narrar una historia, como ocurre en la película “Amadeus” (1984) de Milos Forman. Allí, se destaca, cuando Antonio Salieri, cubriendo su identidad, irrumpe con una capa y máscara negra -a encargarle el “Requiem” a Mozart- aunque muy a su pesar, la envidia está presente en su mirada.
Más – Cara
Esta palabra, disociada, fragmentada, sugiere varias interpretaciones- desde: + cara, que puede vincular con afecto o con precio, hasta hurgar en algo más profundo, como puede ser el miedo, que genera una emoción, junto a la inquietud por su relación con la muerte. Además, aquello que es familiar, se torna desconocido y por ende, asusta.

A su vez, sucede con los japoneses, las usan no sólo en el teatro, les sirve para espantar espíritus malignos y para el mundo sobrenatural. En el caso de los samuráis, aparte de tapar el rostro, las utilizan para asustar a su rival; tienen aspecto diabólico, donde se destacan enormes bocas.
En nuestro mundo occidental el concepto de máscara incluye el antifaz y la careta, que tiene sus diferencias. En el caso del antifaz cubre especialmente la zona de los ojos y la nariz, puede seguirle un velo o tela liviana, transparente o no; aunque la finalidad es ocultar el área correspondiente a la frente y los pómulos, con dos perforaciones simétricas -parecidas a una hojita de albahaca- por donde se filtra la mirada. La careta es más contundente, oculta toda la cara, y las de carnaval suelen tener diseños atroces o jocosos. Están realizadas en un material más compacto que la tela y el sostén del antifaz, su protección es completa. Este elemento ha traído derivaciones en el habla cotidiana, ya que es común oír la expresión: ¡Qué cara dura! y/o ¡Qué careta! cuando alguien actúa de forma incorrecta.
Imágenes
Los pintores han sucumbido a la fascinación de las máscaras, están representadas en, diferentes períodos, temas y circunstancias; aunque el más emblemático es James Ensor. Fue un artista belga del siglo XX, nacido en Ostende (1860-1949) de donde no se movió mucho, cuyo fuerte está en el Expresionismo, con ramificaciones en el Simbolismo y Surrealismo, que lo califica para integrar el arte Moderno.

De niño, este creador estuvo rodeado de colores, que provenían de la tienda de su madre; una casa dedicada a disfraces. Allí, las máscaras dejaron su huella, dado que las pintó con diversos intereses. Un referente es “Autorretrato con máscaras”, un lienzo de gran porte, donde el pintor aparece vestido de rojo, en sus 29 o 30 años, acompañado de máscaras grotescas que ocupan el resto del plano. En este caso, se da la paradoja que estos elementos no cumplen su función, ya que el autor quiere plasmar la hipocresía de una sociedad, falsa, decadente, poco auténtica.
Otro de sus cuadros emblemáticos es, “La entrada de Cristo en Bruselas”, ahí describe el carnaval, donde se deja de lado las normas sociales. La figura de Cristo, al igual que en el Autorretrato, viste de rojo, con la diferencia, que está planteada pequeña, e ignorada por la masa de una sociedad, de la que Ensor era muy crítico: la Iglesia, el ejército, la burguesía. Esta pintura muestra pancartas donde se lee: “Viva el socialismo”, como referencia a los derechos de la lucha obrera. La obra fue rechazada por la asociación de artistas, que Ensor ayudó a fundar. De ahí, surgió que algunos críticos interpretaran que, la figura de Cristo, no es otra que la de su autor, incomprendido por su medio.
Por otra parte, a Ensor se la ajusta la frase de G. K. Chesterton: “ Hay algunos hombres que las caretas no los disfrazan, sino que los revelan. Cada uno se disfraza de lo que es por dentro”.
Las artes plásticas son las que han tenido más posibilidades de expresar la emoción del anonimato. Brueghel el Viejo, nos ha dejado un cuadro: “Combate entre don Carnaval y doña Cuaresma”. Es una obra donde se representa a la clase rural, dividida en dos actitudes, a la izquierda hay un gordo sobre un barril de cerveza con sus seguidores, que celebran todos los excesos, y a la derecha, la Iglesia representada por una monja escuálida, defensora de la virtud. De ese lado no hay máscaras, sólo las portan dos mendigos pidiendo. El Simbolismo está presente en varios puntos del plano y cuenta con elementos metafóricos, como la posada (a la izquierda) que tiene árboles invernales, sin hojas, aludiendo al Carnaval, mientras que la Iglesia (a la derecha) tiene árboles en flor dentro de un patio primaveral. Es la contradicción entre lo carnal y lo espiritual.

Otro pintor que sucumbió a las Máscaras fue Goya, donde, otra vez, el protagonista es el pueblo en “El entierro de la sardina” – de pequeño formato- que el artista retrata en el último día de carnaval. ¡Día de transgresiones de valores! son las últimas horas, de “aval para lo carnal”. Aquí, todos danzan frente a un estandarte que representa a Momo. Se mezclan diferentes personajes enmascarados, incluyendo eclesiásticos.


El período Negro de Goya, con sus grabados, es una fuente inagotable sobre este tema; “Máscaras Crueles”, simboliza el engaño; es un dibujo a pincel y tinta, de la serie “Caprichos”. En ese trabajo paralelo –al de la corte- que hacía el pintor, trataba de mostrar los vicios, la irracionalidad social, por medio de la sátira, como forma de plasmar su crítica. Cabe mencionar el cuadro Aquelarre, entre otros y Máscaras danzantes.
Manifestaciones francesas.
Por los años locos, década de 1920, del siglo pasado, el famoso fotógrafo Man Ray tomó una foto a Marcel Duchamp vestido de mujer, que llamó: “Rrose Sélavy” surgido de un juego de palabras, que en francés significa “Eros es la vida”. Después de este hecho, Duchamp firmó varias obras con este seudónimo, dando lugar a que “Rrose” se convirtiera en su “alter ego”, desde un travestismo que lo ayudó en su arte, y le permitió seguir siendo él, sin serlo.
Esto nos lleva a recordar una frase de Roger Callois –escritor y crítico literario francés- que sentencia: “Uno no se disfraza sólo para esconderse, se disfraza en igual medida para hacerse ver, para aparecer bajo una cobertura espectacular y atractiva, desconcertante y engañosa”.
Los franceses preocupados por la estética, encontraron artilugios para modificar su apariencia. El punto más alto se presentó entre 1720 y 1780, durante el período Rococó. Junto a una vestimenta rica y adornada, tanto hombres como mujeres usaban pelucas cubiertas de polvo blanco –almidón o harina- que llevaban sobre unas gorritas de tela, donde albergaba el verdadero pelo del usuario. Este elemento era importante, ya que, en lo posible, hacía de barrera con los piojos. Aunque una de las mayores manifestaciones amorosas era matarle estos parásitos a su pareja.

Otro detalle era “les mouches”, lunares postizos, negros, en terciopelo o seda, que servían para ocultar cicatrices de viruela u otras imperfecciones. Lo curioso es, que habían desarrollado un lenguaje simbólico, próximo al ojo, significaba pasión, en la mejilla coquetería y cerca de los labios era una invitación al beso. Estos “adornos” llevados tanto por hombres como por mujeres, sin importar sus edades, eran guardado en pequeños estuches, en cuya tapa interior portaban un espejo para poder cambiarlos en el momento que consideraban necesario.
Sin duda, fueron los antecesores de las polveras.

Esculturas del Barroco italiano
La frivolidad en la vida, según los períodos, adquieren diversos sesgos, y junto a ello cobra interés, el disimular, esconder y ocultar facetas, que conducen a que el arte lo describa y se pronuncie.
Un ejemplo es la calidad de transparencias que logra Antonio Corradini en sus esculturas de mármol, donde lleva a recordar, “La verdad velada”, conocida también como “Modestia”. Los etéreos pliegues, simulando leves texturas de tejidos, velan los rostros de las féminas de sus estatuas.

Representaciones literarias
Dentro de la literatura, la máscara, es un ingrediente que se ha usado repetidas veces como metáfora. Borges en el cuento, “El espejo y la máscara” de “El libro de la arena” (1975) aborda temas relacionados a: la identidad, la duplicidad y la relación entre realidad y ficción. Las máscaras y los espejos han sido puntos de filosóficas reflexiones del autor; entre ellas: “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican al hombre”, que se puede leer en un pasaje de “Tlön, Uqbar, Orbis, Tertius”.
En el caso de Marguerite Yourcenar, en “Memorias de Adriano” considera que: “La posibilidad de quitarse la máscara en todas las ocasiones, es una de las raras ventajas que reconozco a la vejez”.
Carencia/Creación
El ser humano siempre va a tener una falta, cuando Tetis quiso proteger –en el río Estigia- a su hijo Aquiles, se olvidó de sumergirle el talón. La necesidad de cubrir y reparar lo que se carece, va a estar siempre presente, y se esconderá o abrazará, en la medida que lo permita. Para Lacan, la falta se constituye en deseo, puesto que alberga, lo Simbólico, lo Real y lo Imaginario.
Un ejemplo en el ballet, es la aparición de las zapatillas de punta. La familia Taglioni estaba compuesta por expertos bailarines, aunque María era una niña de talla muy pequeña y con problemas óseos. Su padre, además de insistir con determinados ejercicios en la barra, creó un calzado especial para que María luciera más alta y esbelta. Así fue, que ella estrenó en “Las Sílfides”, las zapatillas de punta; piezas que fueron evolucionando en la danza, junto a la vida.
Como se puede apreciar, las máscaras seguirán de infinitas formas acompañando a la humanidad; no hay arte que las omita. Se las menciona en la música y la literatura, se las muestra en escenas de teatro, cine, ópera, ballet y más; junto a las exhibiciones que comprenden las artes plásticas.
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