Revista #9 - Verano | 26 diciembre, 2025
El verano con María
por María Eugenia Trias

Fotografía: Lina Fernández Pereira

María está sentada frente mío, su cara tapada por sus manos. Esta triste, dice. Como una forma de nombrar algo de lo que le pasa, pero en verdad sabe que es algo más, son otras cosas. María no se saca las manos de encima de la cara y por un momento tengo que hacer un esfuerzo por recordarla, blanca y arrugada. Hace calor. Las gotas de sudor resbalan por sus dedos y caen junto con sus lágrimas. Cuando se acerca el verano ella hace este tipo de cosas, llora, patalea, que se va sintiendo sola, dice. Y tiene razón. Por más que el verano sea eso, una estación más que se repite una y otra vez, las cosas van siempre hacia el mismo lugar, nos vamos desojando, y el verano termina por secarlo todo.

Tenes razón, le digo.

Y apoyo mi mano sobre su hombro, en una especie de consuelo, pero ella lo corre, es otra cosa lo que espera de mí, algo que le salve la vida. Pobre María. Ella no siempre fue así. Y sus veranos no siempre fueron iguales, María también puede ser distinta. Había días en que sus ojos se llenaban de brillo. Yo le preguntaba, a dónde había ido, o de donde venía y ella decía que de su casa, que había estado limpiando la pecera, que le había puesto agua limpia, y que ahora su pez nada de un lado a otro, y que ella lo puede ver dar sus vueltas en ese pedacito de vidrio, girar, meterse debajo de las piedras. A veces su brillo es tal, que parece que sus ojos se ahogan, dice que hay días en los que se asusta porque el pez se esconde y tiene miedo de que le pase algo, o de que simplemente desaparezca, así de la nada. Alguna vez lo encontró fuera de la pecera, por eso ella está atenta. Cuando el pez salta me fijo que caiga dentro del agua, dice y se ríe. Febrero es diferente, dice también, hace calor, pero está bien.

Tenes razón, le digo.

Es que yo muchas veces le digo a María que tiene razón, porque la verdad es que la tiene. María, su pelo blanco, sus manos blancas que sostienen una lapicera, y escriben, esas notas a las que nunca voy a poder acceder. ¿Qué estas escribiendo?, le pregunto. ¿Qué querés saber?, me responde. Ahora miro por la ventana, la veo cruzar al supermercado y salir con una botella de agua, está llegando tarde pero no le importa, sabe que yo la espero deseosa de saber sus historias. Por fin llegó, se sienta, dice que hace mucho calor y empina la botella, sus labios se hunden en el pico y el agua empieza a caerse por los costados. De repente tuve un lapsus, año 2019, 22 de diciembre, un día después del equinoccio de verano, María me comunica que va a viajar al interior, precisamente a Rivera, que por unas semanas no nos vemos.

Bueno, le respondo.

Va a pasar la navidad con su tía Susana, que está muy sola, como ella, y por lo menos se hacen compañía.

Bueno, le vuelvo a decir.

19 de enero del 2020, dice María que tuvo una navidad espantosa. Que su tía, había invitado a las vecinas, y que las vecinas trajeron torta, y que su tía, que las manos le tiemblan, agarraba pedazo por pedazo, y se los llevaba a la boca de manera en que el merengue se le iba pegando a los lentes, a los cachetes, a las pestañas, a su cerquillo marrón, y que luego se pasaba una servilleta y en vez de limpiar esparcía todo por otros lados, su nariz, sus labios, el cuello de la camisa, todo blanco de merengue. Ahora María, baja la botella, y me pregunta si puede secar el agua que se cayó con los pañuelos.

Le digo que sí.

Es que para eso están, para absorber todo lo que se derrama. María alegre, María triste, María alegre, María triste y así. Nunca le supe de amores, excepto aquel día que me habló de la amistad, de lo difícil que es querer o dejar de querer. Y así, como de la nada, habla de los lobos marinos. Un día, dice, estaba en la playa, era enero, pero un día de esos nublados, no había nadie, se sacó todo y se metió al agua, cuenta. El mar estaba marrón, las olas iban y venían y revolvían todo, las piedras, la arena oscura. No se veía nada. Ella estaba ahí, en el medio de todo eso, dónde las olas la llevaban de un lado a otro, y entonces, dice, apareció un lobo de mar, le rascó la cabeza, se hundió con él y jugaron. Por un momento, me explica, pensó que capaz el lobo precisaba ayuda, pero no, solo estaba ahí. Los lobos de mar juegan. María se levanta, camina unos pasos, abre la puerta y se va. Antes me dice chau con la mano, como de lejos.

Chau, le digo.

Afuera está todo oscuro, se aproxima un ciclón extra tropical, no dan ganas de salir. Seguramente llueva en un rato, hay que espera, como siempre. Me aproximo a la ventana para ver si veo a María caminar hasta la parada, me pregunto si la lluvia va a esperar lo suficiente como para que ella llegue a su casa, o si se va a largar antes, y entonces va a tener que usar su campera impermeable que trajo por las dudas, y para no mojarse va a tener que pasar mas calor con ella. Abro la ventana, pero no se ve nada, solo el calor que lo invade todo.

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