Revista #9 - Verano | 26 diciembre, 2025
Entre sesiones y veranos: apuntes sobre el descanso del analista
por Ignacio Gerfauo Woloszyn y Nila Parente


En América del Sur, la temporada estival introduce un tiempo social de descanso. Ese tiempo suele venir acompañado de una ralentización relativa de los ritmos, de una redistribución de los horarios, de una invitación —a veces deseada, a veces resistida— al descanso. En la práctica psicoanalítica, el verano irrumpe también como corte: interrupción de tratamientos, suspensión de encuentros regulares, modificación del encuadre habitual. Lejos de ser un mero dato organizativo, este corte pone en juego cuestiones clínicas, éticas y subjetivas tanto para los analizantes como para quienes ejercemos la función analítica.

Las vacaciones del analista constituyen un acontecimiento psíquico. No solo porque interrumpen la continuidad del proceso terapéutico, sino porque introducen una ausencia que no es neutra. El corte convoca fantasías, reactualiza experiencias de separación, despierta angustias o alivios, moviliza idealizaciones y enojos.

Conviene, además, atender a un aspecto no menor del contexto en el que estas pausas suelen inscribirse en nuestras latitudes. El tiempo de vacaciones coincide habitualmente con el cierre de un año calendario y la apertura de otro, lo que introduce una dimensión simbólica específica. A las tradicionales festividades de fin de año -más allá de su anclaje religioso- se suma un clima generalizado de apremio y balance: algo debe concluir, resolverse o menos ordenarse “antes que termine el año”, mientras que aquello que no encuentra lugar queda desplazado hacia un “después”, condensado en la  promesa del año por venir. Este clima de cierre, evaluación y despedida impregna el lazo social y no deja de incidir en la experiencia analítica. En muchos tratamientos, la interrupción estival se ve así atravesada por significaciones ligadas a la conclusión, la pérdida, la espera o la postergación, intensificando afectos y fantasías que se entraman con la transferencia. El tiempo de vacaciones no se presenta entonces como una simple pausa cronológica, sino como un momento cargado de resonancias simbólicas que afectan, de modos singulares la vivencia del  analista y el modo en que cada análisis tramita este intervalo.

En muchos análisis, aquello que no logra decirse en la regularidad de las sesiones aparece con fuerza en los momentos previos a la pausa o en el reencuentro posterior. En algunos casos, prácticamente a último momento el analizante plantea las vacaciones como una suerte de “puesta a prueba” para dejar el análisis: ya que habrá una interrupción, quizás con perspectivas de viaje o de planes de disfrute, cobra fuerza la fantasía de que  ese tiempo se puede prolongar “disimulando” -de alguna manera- el supuesto “fin de análisis”. El verano, entonces, no es un “tiempo muerto” del análisis, sino un tiempo cargado de sentido, susceptible de ser trabajado. Esto nos habla de la importancia de destinar un espacio a introducir el tema, si no surge espontáneamente.

Desde esta perspectiva, el descanso se inscribe como parte del encuadre ampliado. No se trata solo de cuándo se interrumpe y cuándo se retoma, sino de cómo se simboliza ese intervalo. La despedida antes del receso, la manera de nombrar la ausencia, la anticipación de la vuelta, así como los efectos que se despliegan en el retorno, forman parte del material clínico. El corte introduce límite, y todo límite convoca trabajo psíquico. En este sentido, las vacaciones pueden ser leídas como una intervención en sí misma.

Pero el descanso no concierne únicamente al analizante. Concierne, de manera central, a la persona del analista (en aquello de lo que nos proponemos reflexionar en este artículo). En un campo donde la herramienta fundamental es la escucha, la disponibilidad psíquica no es infinita. La atención flotante, la capacidad de sorpresa, la sensibilidad para captar lo singular del decir del otro, requieren condiciones subjetivas que no pueden sostenerse sin pausas. El cansancio, cuando se cronifica, tiende a automatizar la escucha, a empobrecer la transferencia y a rigidizar las intervenciones.

El descanso del analista no es un lujo ni una concesión: es una condición de posibilidad de la práctica. Es en los tiempos de pausa donde muchas veces se reordenan ideas, se elaboran escenas clínicas, se habilita la creatividad teórica y técnica. El tiempo no productivo, tan devaluado en la lógica contemporánea, resulta paradójicamente fecundo para el pensamiento. El verano, con su alteración de los ritmos habituales, puede abrir un espacio para repensar la propia práctica, revisar posiciones, interrogar automatismos.

Sin embargo, no podemos pensar el descanso del analista por fuera del contexto social y económico en el que se inscribe hoy la práctica psicoanalítica. Vivimos en una época atravesada por la lógica del rendimiento, la productividad constante y la disponibilidad permanente. Estas coordenadas no dejan indemne al campo de la salud mental. Por el contrario, se infiltran en la clínica bajo la forma de sobreexigencia, dificultad para poner límites y una silenciosa culpa asociada al descanso. También entran a jugar los ideales y las exigencias superyoicas en su relación con otros colegas, ya sea respecto a la cantidad de pacientes como a los honorarios.

En particular, quienes comienzan a ejercer la práctica analítica suelen encontrarse atrapados en una tensión compleja. Por un lado, el deseo de sostener una clínica rigurosa, ética y cuidada; por otro, la necesidad material de trabajar muchas horas para garantizar un ingreso económico mínimo. La pregunta por cuántos pacientes es legítimo atender en un día no es solo técnica, sino profundamente ética. ¿Qué ocurre con la escucha cuando las jornadas se extienden sin respiro? ¿Qué lugar queda para la elaboración clínica cuando el tiempo entre sesión y sesión se vuelve inexistente?

En la sociedad contemporánea, podemos pensar esta tensión siguiendo la propuesta de lo que Byung Chul-Han (2023)  conceptualiza como la sociedad del rendimiento: un régimen subjetivo en el que la exigencia ya no proviene de un otro exterior que impone, sino de una autoimposición constante a producir, optimizarse y superarse. El imperativo de siempre “poder más” sustituye al antiguo “deber” configurando una subjetividad que se explota a sí misma en nombre de la libertad. En este contexto el descanso aparece fácilmente vivido como pérdida, falla o desperdicio, y la pausa como un tiempo improductivo que debe ser compensado. No resulta extraño, entonces, que incluso una práctica como el psicoanálisis – históricamente situada en los márgenes de la lógica productivista – se infiltre la presión por sostener una actividad continua, sin interrupciones, sin vacíos ni tiempos muertos. Frente a este escenario, la técnica psicoanalítica propone algo radicalmente distinto y en cierto punto contracultural: el valor del silencio, del espacio, del intérvalo. Así como la música está definida tanto por sonidos y silencios, el análisis debe tener en cuenta la presencia y la ausencia para poder elaborarse. La clínica psicoanalítica no se funda en la acumulación ni en la aceleración, sino en la posibilidad de hacer lugar a lo que no se dice, lo que tarda, a lo que no responde de inmediato. El encuadre, con sus pausas y sus límites introduce una temporalidad que se resiste a la urgencia del rendimiento. El silencio analítico no significa una ausencia de trabajo, sino condición de posibilidad para que algo del decir emerja; el vacío, en este caso, no se significa como carencia, sino como espacio fecundo para la elaboración psíquica. En este sentido, sostener tiempos de descanso – en la clínica y para el analista – no solo implica una decisión personal o administrativa, sino también una toma de posición ética frente a un discurso social que tiende a colonizarlo todo con la lógica de la efectividad instantánea. Al apostar por el tiempo, la espera y la no saturación, el psicoanálisis se inscribe como una práctica que, aún sin proponérselo explícitamente, abre una posibilidad distinta en los modos contemporáneos de exigir, producir y responder.

La precariedad económica, la falta de dispositivos colectivos de sostén y la idealización de un analista siempre disponible configuran un escenario propicio para la autoexplotación. En nombre del compromiso clínico, del deseo de ayudar o del temor a perder pacientes, se naturalizan agendas saturadas y descansos postergados. La lógica del “siempre un poco más” se instala de manera silenciosa, muchas veces sin ser interrogada.

En este contexto, el descanso adquiere una dimensión personal. Defender el derecho —y la necesidad— del analista a descansar implica resistir, al menos parcialmente, la lógica de la productividad sin límite. Implica también transmitir, a través del encuadre, que el cuidado de la salud psíquica no se sostiene a costa del agotamiento de quien escucha.

El analista no está al margen de la época ni de los discursos que la atraviesan, sino inmerso en ellos; no obstante, su responsabilidad ética consiste en sostener una práctica que no quede plenamente absorbida por aquello que, en cada momento histórico, prepondera en el campo social.

El verano como tiempo de descanso ofrece, quizás, una oportunidad privilegiada para pensar estas cuestiones. No como idealización de un tiempo idílico, sino como ocasión para detenerse, hacer un corte y volver a mirar. Volver a preguntar qué lugar ocupa el descanso en nuestra práctica, cómo lo transmitimos, cómo lo defendemos, cómo lo trabajamos clínicamente.

Preguntarnos por el lugar del descanso en nuestra práctica supone, inevitablemente, interrogarnos por la manera en que habitamos nuestros propios tiempos. Implica revisar si nuestra escucha admite alternancias entre presencia y silencio, entre actividad y pausa, o si, por el contrario, nuestras agendas se organizan como un encastre permanente, sin resquicios ni intervalos. La saturación del tiempo, cuando se vuelve regla, no solo afecta al cuerpo y al pensamiento, sino que incide directamente en la calidad de la disponibilidad psíquica. El esparcimiento, lejos de ser un añadido accesorio, introduce un aire necesario para que la escucha no quede reducida a una función automática, sostenida únicamente por la inercia del hacer.

Preguntarnos también qué modelo de analista encarnamos y qué modelo ofrecemos a quienes se están formando nos confronta con una dimensión central de la transmisión. En tal sentido, conviene recordar que la transmisión en psicoanálisis no se juega primordialmente en el plano del discurso explícito, sino en el modo en que cada analista encarna su práctica. Más de lo que se enuncia, es el modo de trabajar, de habitar el encuadre, de sostener los tiempos y los límites, lo que transmite. Cada uno de nosotros, como analista, enseña -a pacientes, a colegas, a estudiantes- no tanto a través de lo que se dice, sino a través de lo que hace. Es allí donde se produce una transmisión eficaz, silenciosa y persistente, que deja huella.

Cuidar el descanso del analista es, en última instancia, cuidar la clínica. No se trata de oponer trabajo y pausa, sino de reconocer que uno no se sostiene sin la otra. En el intervalo, en el corte, en la ausencia, algo del deseo puede recomponerse. Tal vez sea en ese espacio —tan poco valorizado por la lógica del rendimiento— donde se juega, silenciosamente, la posibilidad de una escucha viva.

Referencias

Han, B.-C. (2023). La sociedad del cansancio. Editorial Herder.


Mag. Ignacio Gerfauo Woloszyn (Facultad de Psicología, Udelar)

Mag. Nila Parente (Asociación Psicoanalítica Argentina)

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