Revista #9 - Verano | 26 diciembre, 2025
Una mañana de ayer
por Gladys Franco


En las cinco cuadras que camina desde su casa al edificio donde vive Celina, Cali cuenta tres camas precarias de personas en situación de calle. Ese es el término que se usa para nombrar las personas sin hogar, los que sobreviven sin cocinas, sin baños, sin ventanas, sin techos que protejan de la lluvia, el frío y la niebla nocturna. Ellos tampoco cuentan con puertas que se cierren para impedir los ataques de otros seres feroces, hambrientos o furiosos.

Algunos humanos sin hogar, con años de vida al aire libre, tienen la piel curtida por el frío, el pelo que huele a mugre, a desperdicios; y tienen bocas sin sonrisas que se abren retrayendo los labios, dejando ver los dientes o su ausencia.

Son jóvenes o viejos, imprecisos, borrosos en sus sueños de muerte sin aleros.

Todos ellos expuestos -como perros callejeros- al peligro que implican otros humanos con los cuerpos protegidos del frío y sin daños visibles, que odian la imagen del miserable y pueden experimentar sobre él con mecheros y fósforos.

Una de las camas de calle es un viejo sillón de dos asientos, sin patas, con el respaldo vencido y un tapizado en el que alguna vez se vieron flores y ahora exuda olor a orines. Un perro duerme en un rincón del sillón, el asiento allí está hundido por el peso del animal con todas sus pulgas y entre todos mantienen caliente un sector de trapos y guata apelotonada sobre resortes torcidos.

Las otras dos camas son colchones desechados, a uno le falta una esquina y por esa irregularidad han resbalado a la vereda pedacitos de polifón amarillento que forman una especie de estrella.  El resto está ocupado por una figura encogida sobre sí misma, tapada con una lona agujereada y con la cara vuelta sobre el colchón, escondida a las miradas, entregada al sueño. El segundo colchón está cerca, cubierto de cajas y botellas vacías que un hombre viejo mira pensativo mientras tose y prende un resto de cigarrillo.

En el apartamento de Celina hace calor y Cali se quita campera, bufanda y gorro mientras grita “buenos días”, antes de entrar al cuarto. Es la hora y sabe que ella estará pronta, sentada al lado de la ventana; sobre el escritorio estará la bandeja con el desayuno preparado para él, además de algunos libros y cuadernos y la tableta, abierta.

Buen día. No tiene por qué gritar, responde Claudia, la asistente, que se dispone a salir. No hay ningún sordo en esta casa- agrega como de costumbre.

Celina lo espera con una sonrisa, buena señal. Cali le da un beso y se sienta a desayunar.

Lo primero que hace, mientras revuelve el café, es empezar a hablar de las camas que vio hoy en el camino de las cinco cuadras.  Ella escucha hasta la imagen del perro y las pulgas, entonces levanta la mano y le pide que se calle.

Cali come dos rodajas de pan con manteca antes de que Celina enuncie lo que quiere decir: -No quiero volver a hablar de nazis ni de drogas. Tampoco quiero hablar ahora de la pobre gente de la calle.

Celina se fatiga por la emisión enfurruñada de esas pocas palabras y descansa mientras toma unos tragos de agua. Cali sigue desayunando, hace una pausa y responde que justamente estaba pensando en continuar con ese asunto a partir de alguna narración de los autores de los que hablaron la primera vez, cuando acordaron el programa de lecturas. Entre otros, Cali le habló de José Fonseca y su libro “Flores de baldío” y también le propuso el libro “Pichis” de Martín Lasalt. – Mi relato de las camas en la calle es afín a la obra de escritores que pensamos abordar; mis observaciones entran en ese paquete de los pobres de los que ahora no querés hablar; ellos existen, están ahí a montones, se multiplican, y no es por obra de la literatura, Celina- concluye, átono.

Que ella deduzca si está enojado con ella, con el tema o con el mundo: entre tanto terminará el dulce de leche y la mermelada de ciruela.

Celina necesita tiempo para juntar fuerzas y decir:

-Me quedé angustiada con el cuento de los nazis. No quería pensar. No quería acordarme de la existencia de los nazis.

La mañana previa habían terminado “Papeles suizos” de José Arenas. A Celina el libro la perturbó.  A Cali le costó entender que la mención de los nazis hiciera en ella, aparentemente, más impacto que el dolor de la locura y las imágenes de niños colgando de los árboles en el paraíso de Colonia Suiza. No hablar más de los nazis no los hace desaparecer ni impide que su mensaje se multiplique, pensó Cali, pero no lo dijo. No es necesario alimentar la angustia de una mujer moribunda.

-Y me angustia saber que hay gente que no tiene para comer y duerme en la calle. Muchos se drogan para soportar el frío, no pienses que lo ignoro. Soy vieja, estoy enferma, pero no soy ignorante.  Es solo que tampoco quiero. ahora, hablar de la pobreza, que es tanta…

Un parlamento sin duda demasiado largo para Celina que se atora con el agua del vaso o con las lágrimas… Es preciso darle suaves golpecitos en la espalda, proximidad que Cali aprovecha para hacerle una delicada caricia en la cabeza cubierta con un gorrito tejido en colores pastel.

Desde hace ocho semanas Cali está contratado por Celina para leer en voz alta y comentar juntos las lecturas, todas las mañanas, menos los domingos.  Leer significa para ella -en esta etapa de evaluaciones- lo que más le ha gustado hacer en la vida y de lo que ha aprendido más.  Y ahora, aunque se cansa de sostener en sus manos el libro o la tableta, se cansan sus ojos irritados por los medicamentos y experimenta la fatiga de su cuerpo enfermo y los efectos en su espíritu, no quiere renunciar a la exploración de ese otro mundo que propician los creadores de ficción, que le han aportado tantas ideas, tantas soluciones y consuelo para sus dolores. Ese mundo de ficciones que le ha mostrado alternativas. Incluso ahora. Hoy.

Para Cali, actor desempleado, este trabajo de lector significó antes que nada un recurso para ganar algo de dinero; con el avance de los encuentros ha sumado inesperados sentimientos hacia la anciana, propiciados por las afinidades, los acuerdos y los momentos de emoción compartida.

Esa mañana, después del desencuentro, Celina se recompone y pregunta si él recuerda la novela de Coetzee “La edad de hierro”.

-Siento que sería oportuno repasarla en tu compañía, dice.

-Pero… ¿cómo? ¡Hace un minuto no querías hablar de pobres! – bromea Cali.

Celina responde seriamente: La pobreza es una de las líneas de esa novela. No la única.

Otra es el racismo- acota Cali…

Y la que ahora me interesa más -retoma Celina- es la inminencia de la muerte. Me gustaría que me ayudaras a pensar eso.

Cali reflexiona mucho rato antes de responder.

“La edad de hierro”: han mencionado esa novela, en otros momentos, sin detenerse en los detalles, la refieren como una experiencia compartida, un recuerdo vívido para ambos.  Cali tiene la sensación extraña y a la vez, familiar, de conocer a Celina desde hace mucho tiempo, podría pensar en términos de años o en términos de sueños.  Quizás se conocieron en otras vidas.  Quizás se conocieron en las páginas de algunos libros donde fueron personajes. Otros personajes.  Aprendieron de ellos y vivieron.

Las últimas semanas, entre los dos, multiplicaron historias.

Celina recuerda que la protagonista de “La edad de hierro” tiene una hija, como ella; una hija que, como la suya, vive en otro país, lejos. Sabe que no la volverá a ver. La realidad que se ve obligada a contemplar en su entorno sudafricano, en pleno apartheid, es más terrible que la imagen de la muerte personal que se anuncia en ella en dolores torturantes que la acosan noche y día. A pesar de todo tiene miedo de morir y no puede elegir sola el momento, necesitará de la ayuda de un hombre de la calle, un homeless, un sintecho…

Pasa el tiempo; casi todo el tiempo de esa mañana de no lectura. Los dos reflexionan acerca de lo hablado y de lo que no es necesario verbalizar.

-Tendrás que contestarme, dice Celina cuando sienten la llave en la cerradura de la puerta. La asistente pronto entrará a decir que es la hora de la colación de media mañana. Hora de tomar medicamentos.

-No sé si podré volver a leer esa novela, susurra Cali.

Los dos saben que no es necesario leer un libro entero más de una vez, si ya se sabe de qué trata y cuál es la palabra que puede definirlo. No siempre el corazón de un libro está en su título, aunque a veces sí. Un ejemplo excepcional podría ser el “Viaje al corazón de las tinieblas”. Excepcional por la aleación precisa de los sentidos a que alude, formulación que tienta y obliga y hace necesario ir allí, hacer el viaje, descubrir el corazón de las tinieblas. Horrorizarse, claro está. Ser valientes y atravesar el horror y si es posible, regresar. O no. Esa también es una opción. No regresar.

“La edad de hierro” podría haber llevado como título “Viaje al corazón de las tinieblas” si Conrad no lo hubiera elegido antes.

Palabras más o menos se dicen o quedan sin decir entre Celina y Cali esa mañana de acuerdos.

Cali no es un viejo vagabundo borracho que duerme en un colchón calentado por un perro pulgoso.  Pero tendrá que serlo, si la anciana moribunda insiste, con sus ojos asustados y con su voz pequeña, cada vez más débil.

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